“Le gustaba beber y comer, los toros y las mujeres. Vamos, lo corriente”. A esta descripción del típico vividor cañí respondía, en realidad, un premio Nobel de Literatura.

Novelista y Premio Nobel, Ernest Hemingway nació en 1899 en los suburbios de Chicago. Considerado como uno de los mejores escritores del siglo XX, dio vida a numerosos personajes en una veintena de obras literarias.

En su novela París era una fiesta, publicada póstumamente en 1964, Hemingway escribía de forma autobiográfica: “Vivíamos con gran economía, gastando sólo lo imprescindible, y ahorrando para poder ir a la Feria de Pamplona en julio y luego a Madrid y a la Feria de Valencia”.

Estas palabras de Hemingway constatan el cariño y aprecio que sentía el escritor norteamericano hacia España. Con cierta regularidad se le veía no solo en los sanfermines (a cuyas fiestas acudió en diez ocasiones), sino que también visitó varias veces Valencia, Madrid, Zaragoza, Bilbao o Málaga.

Hemingway visitó por primera vez Zaragoza en octubre de 1956, a punto de cumplir 56 años y 2 después de obtener el Premio Nobel de Literatura. Pateó las calles de la ciudad, bebió en sus tabernas y cafés, se deleitó con la comida autóctona, los toros y la alegría. Además de Zaragoza, otros escenarios aragoneses cautivaron e inspiraron al Premio Nobel por su paisaje y tranquilidad.

Ernest Hemingway en un safari en Kenya en 1954

Ernest Hemingway en un safari en Kenya en 1954

Hemingway vino a una corrida al Coso de la Misericordia Zaragoza para ver a Antonio Ordoñez.

Un joven José Luis Borau lo entrevistó para Heraldo de Aragón. Recordaba el cineasta aragonés que Hemingway hablaba un “español lento, claro, con un cierto acento cubano”.

Escribía Borau: “El novelista es un hombre simpático, sencillo, cercano y afable, que se ríe poniendo de punta su pequeña barba blanca. Es, se le ve, un enamorado de la fuerza, de la conversación que podríamos llamar masculina, confiada y sin resabio. Pone su mano cuadrada en la espalda del que le oye para subrayar el tono amistoso de sus palabras”.

Hablaron de literatura española y de su cuarta esposa Mary Welsh, delgadísima y anémica, tras el grave accidente de avión que habían sufrido en África, y recordó que su tierra se parecía mucho a Aragón.

Hemingway and Mary in Africa before the two plane accidents

Hemingway y Mary Welsh en Africa en 1956, poco antes de que sufrieran un aparatoso accidente de avión

Desde Calatayud a Zaragoza mi mujer y yo creíamos viajar de nuevo por el Estado de Wyoming. La misma tierra roja, las mismas erosiones, los mismos árboles frutales… No había visto nunca una cosa igual“, apreció.

Recordó que varios personajes aragoneses (“duros, abiertos, sinceros y admirables”) pululaban por sus libros y que Pilar, nombre de la protagonista de “Por quién doblan las campanas”, le gustaba mucho y que de haber tenido una hija, así se habría llamado, como su yate.

El Nobel le aconsejó no ver la película de “Fiesta” por ser muy falsa. También le dijo que España había cambiado mucho, pero que se podía encontrar “todas las cosas maravillosas si se sabe dónde buscar”.

Varios signos definieron la literatura de Hemingway desde sus inicios hasta su muerte: lenguaje sencillo y directo, nitidez absoluta en las descripciones, conocimiento personal del ambiente escogido para desenvolver la trama y una fuerte presencia del autor. Y como valores raigales, filosóficos, si a un relato de Hemingway se le puede aplicar esta palabra, el instinto imponiéndose a lo racional, la gratuidad de los actos humanos más peligrosos, como un modo de medirse, de realizarse, y su creencia de que el hombre puede ser derrotado pero jamás vencido.

Tal y como recordaba recientemente en un artículo el poeta y escritor Antón Castro, Hemingway conocía bien Aragón. Durante la Guerra Civil española estuvo como corresponsal para el ‘Toronto Star’ y para la agencia Newspaper Alliance. Siguió al Batallón Lincoln de las Brigadas Internacionales, y se inspiró en su líder Robert Merriman para escribir “Por quién doblan las campanas” (1940), protagonizada por el idealista Robert Jordan.

Estuvo en Belchite en los momentos de mayor intensidad, y poco después acudió, en diciembre de 1937, a la toma de Teruel por los republicanos en medio del frío y de un gran entusiasmo. Hemingway recordaba como la gente salía a la calle y le daba chorizo, jamón, pan y vino para celebrarlo.

Bill Davis, Rupert Bellville, and Ernest Hemingway dining at La Consula, 1959

Ernest Hemingway cenando con Bill Davis y Rupert Belleville en La Cónsula, en Churriana, no muy ajena ni lejana para él de la Ronda de su amigo Ordóñez, en el año 1959

Hemingway regresó al Coso de la Misericordia de Zaragoza en agosto de 1959, dos años antes de terminar con su vida.

Estaba escribiendo de no muy buen grado sobre la rivalidad taurina entre Ordóñez y Dominguín. Quizá no le gustaba lo que hacía, y bebía mucho vino. Pero la revista Life le pagaba un dólar por cada palabra que ponía. Su trabajo salió en esa revista con el título de “Un verano sangriento“, y ya en este nombre se respiraba un penetrante tufo a comercialismo. No estaba, ni lejanamente, a la altura de reportajes literarios suyos como “Una historia natural de los muertos” o de ese colosal relato también de toros que es “La capital del mundo”, pero le permitió el reencuentro con España.

Todo esto debía volver a la delicada, impresionable memoria de Hemingway mientras en ese último verano español bebía largamente y tomaba notas en la barra del bar del Gran Hotel de Zaragoza rodeado de una cohorte de admiradores.

Hemingway en Finca Vigia en 1953 junto a un retrato de el mismo realizado en 1929 por Waldo Peirce

Hemingway en Finca Vigia en 1953 junto a un retrato de el mismo realizado en 1929 por Waldo Peirce

Hemingway dejó su casa en 1960, con la intención de volver, pero se suicidó en Idaho en abril de 1961.

En Finca Vigía, el lugar mágico situado a las afueras de La Habana donde vivió durante más de veinte años, Hemingway dejó toda su bibliotecacon más de 9.000 libros, revistas y folletos (2.000 de ellos subrayados o con notas al margen del escritor) y objetos personales como su máquina de escribir Underwood, los trajes de su época de reportero de guerra o un gramófono con el disco de Glenn Miller que le gustaba escuchar.

Tras su muerte, su última esposa Mary Welsh viajó a La Habana para recoger algunas cosas de valor y donó al gobierno cubano la finca, que la transformó en un museo. Desde entonces todo se ha mantenido sin cambios, como si el escritor fuera a regresar de un momento a otro.

El Museo Finca Vigía está dedicado a la conservación y difusión, tanto de la literatura, como de la vida de Hemingway, siempre aventurera y no exenta de polémicas.

Ernest Hemingway siempre ha servido de puente entre Estados Unidos y Cuba, y desde 2002 ambos países colaboran para restaurar y digitalizar los archivos del escritor (más de 10.000 documentos), entre los que se encuentran verdaderas joyas, muchas de ellas inéditas.

Por el momento ya han sido recuperados 3.194 documentos, entre manuscritos, cartas, postales, telegramas y fotografías, que pueden consultarse online en la web de la Librería John Fitzgerald Kennedy de Boston.