“Le gustaba beber y comer, los toros y las mujeres. Vamos, lo corriente”. A esta descripción del típico vividor cañí respondía, en realidad, un premio Nobel de Literatura.

Novelista y Premio Nobel, Ernest Hemingway nació en 1899 en los suburbios de Chicago. Considerado como uno de los mejores escritores del siglo XX, dio vida a numerosos personajes en una veintena de obras literarias.

Nada más cumplir los 18 quiso alistarse en el ejército norteamericano para participar en la Primera Guerra Mundial. Pero un padre reticente y un ojo vago le impidieron estar en el frente. No así marchar a Italia para conducir ambulancias. De esa primera vivencia bélica surgiría la aclamada “Adiós a las armas” (1929).

En 1926 publicó su novela “The Sun Also Rises” (traducida al español como “Fiesta”, título con el que su autor se refería a ella mientras la escribía), popularizando los sanfermines en todo el mundo.

Consciente de que la batalla le inspiraba no dudó en informar sobre la Guerra Civil desde España. Allí fraguó “Por quién doblan las campanas” (1940).

Finca Vigía en Cuba y Cayo Hueso en Florida, fueron para él sitios plagados de tranquilidad; lugares propicios para la vida ordenada y alejados del foco mediático que ya le acechaba. “He visto todos los amaneceres de mi vida”, afirmó tras su etapa en Cayo Hueso, donde madrugaba para escribir.

Hemingway en Finca Vigia en 1953 junto a un retrato de el mismo realizado en 1929 por Waldo Peirce

Hemingway en Finca Vigía (La Habana) en 1953 junto a un retrato de el mismo realizado en 1929 por Waldo Peirce

Sumido en una especie de nostalgia constante, siempre escribía sobre un lugar en el que ya no estaba, como si la distancia le diera lucidez.

Su estilo depurado y la vivacidad de sus tramas le reportaron el premio Pulitzer en 1953 por “El viejo y el mar” y el Nobel de Literatura por su obra completa un año después.

En “El viejo y el mar” estaban los signos que definirían su literatura hasta su muerte: lenguaje sencillo y directo, nitidez absoluta en las descripciones, conocimiento personal del ambiente escogido para desenvolver la trama y ésta dominada de alguna manera por la fuerte presencia del autor.

Y como valores raigales, filosóficos, si a un relato de Hemingway se le puede aplicar esta palabra, el instinto imponiéndose a lo racional, la gratuidad de los actos humanos más peligrosos, como un modo de medirse, de realizarse, y su creencia de que el hombre puede ser derrotado pero jamás vencido.

Ernest Hemingway en un safari en Kenya en 1954

Ernest Hemingway en un safari en Kenya en 1954

A pesar del triunfo de Franco, que nunca fue de su agrado, Hemingway normalizó su retorno a España, atraído sobre todo por la tauromaquia.

En su novela “París era una fiesta”, publicada póstumamente en 1964, Hemingway escribía de forma autobiográfica: “Vivíamos con gran economía, gastando sólo lo imprescindible, y ahorrando para poder ir a la Feria de Pamplona en julio y luego a Madrid y a la Feria de Valencia”.

Estas palabras de Hemingway constatan el cariño y aprecio que sentía el escritor norteamericano hacia España. Con cierta regularidad se le veía no solo en los sanfermines (a cuyas fiestas acudió en diez ocasiones), sino que también visitó varias veces Valencia, Madrid, Zaragoza, Bilbao o Málaga.

Ernest Hemingway saluda al diestro Luis Miguel Dominguin tras una corrida de toros en 1959

Ernest Hemingway saluda al diestro Luis Miguel Dominguin tras una corrida de toros en 1959

Hemingway visitó por primera vez Zaragoza durante las Fiestas del Pilar de 1956, a punto de cumplir 56 años y 2 después de obtener el premio Nobel de Literatura.

Pateó las calles de la ciudad, bebió en sus tabernas y cafés, se deleitó con la comida autóctona, los toros y la alegría. Además de Zaragoza, otros escenarios aragoneses cautivaron e inspiraron al Premio Nobel por su paisaje y tranquilidad.

Le fotografiaron en el coso taurino de Zaragoza Miguel Marín Chivite, Gerardo Sancho (sus retratos están ahora en el Archivo Municipal de Zaragoza) o Luis Mompel.

Ernest Hemingway junto a su compañera Mary Welsh, tras la barrera del Coso de la Misericordia

Ernest Hemingway junto a su compañera Mary Welsh, tras la barrera del Coso de la Misericordia de Zaragoza en 1956 (Foto: Gerardo Sancho, Archivo Municipal de Zaragoza)

Un joven José Luis Borau lo entrevistó para Heraldo de Aragón. Recordaba el cineasta aragonés que Hemingway hablaba un “español lento, claro, con un cierto acento cubano”.

Escribía Borau: “El novelista es un hombre simpático, sencillo, cercano y afable, que se ríe poniendo de punta su pequeña barba blanca. Es, se le ve, un enamorado de la fuerza, de la conversación que podríamos llamar masculina, confiada y sin resabio. Pone su mano cuadrada en la espalda del que le oye para subrayar el tono amistoso de sus palabras”.

Hablaron de literatura española y de su cuarta esposa Mary Welsh, delgadísima y anémica, tras el grave accidente de avión que habían sufrido en África, y recordó que su tierra se parecía mucho a Aragón.

Hemingway and Mary in Africa before the two plane accidents

Hemingway y Mary Welsh en Africa en 1956, poco antes de que sufrieran un aparatoso accidente de avión

Desde Calatayud a Zaragoza mi mujer y yo creíamos viajar de nuevo por el Estado de Wyoming. La misma tierra roja, las mismas erosiones, los mismos árboles frutales… No había visto nunca una cosa igual, apreció.

Recordó que varios personajes aragoneses (“duros, abiertos, sinceros y admirables“) pululaban por sus libros y que Pilar, nombre de la protagonista de “Por quién doblan las campanas”, le gustaba mucho y que de haber tenido una hija, así se habría llamado, como su yate.

El Nobel le aconsejó no ver la película de “Fiesta” por ser muy falsa. También le dijo que España había cambiado mucho, pero que se podía encontrar “todas las cosas maravillosas si se sabe dónde buscar”.

Tal y como recordaba recientemente en un artículo el poeta y escritor Antón Castro, Hemingway conocía bien Aragón. Durante la Guerra Civil española estuvo como corresponsal para el ‘Toronto Star’ y para la agencia Newspaper Alliance. Siguió al Batallón Lincoln de las Brigadas Internacionales, y se inspiró en su líder Robert Merriman para escribir “Por quién doblan las campanas” (1940), protagonizada por el idealista Robert Jordan.

Estuvo en Belchite en los momentos de mayor intensidad, y poco después acudió, en diciembre de 1937, a la toma de Teruel por los republicanos en medio del frío y de un gran entusiasmo.

Ernest Hemingway con Ilya Ehrenburg y Gustav Regler en Belchite durante la Guerra Civil Española

Ernest Hemingway con Ilya Ehrenburg y Gustav Regler en Belchite en 1937,  durante la Guerra Civil Española

Hemingway recordaba como la gente salía a la calle y le daba chorizo, jamón, pan y vino para celebrarlo.

En abril de 1938, Hemingway estuvo en el frente del Ebro y poco después se entrevistaría con Enrique Líster.

El escritor aragonés Ramón J. Sender lo recuerda en sus memorias “Álbum de radiografías secretas”: “Yo no hice buenas migas con Hemingway tal vez porque no tomaba, como él, la literatura por el lado deportivo, ni crematístico. Pero no nos entendamos mal. El defecto suyo era inocente. Hemingway era un niño grande -muy grande en su estatura- y vivió como tal. Incluso su suicidio era o parecía ser parte de un juego de policías y ladrones”.

Lo califica de “verdadero aventurero” y de “adolescente romántico”, y agrega que “como narrador consiguió Hemingway aciertos difíciles de superar”.

Luis Miguel Dominguin, Eva Gardner, Ernest Hemingway, y otros en un almuerzo en la Costa del Sol en 1959

Luis Miguel Dominguin, Eva Gardner, Ernest Hemingway y otros, en un almuerzo en la Costa del Sol en 1959

Hemingway regresó al Coso de la Misericordia de Zaragoza. Estaba escribiendo de no muy buen grado sobre la rivalidad taurina entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín. Quizá no le gustaba lo que hacía, y bebía mucho vino.

Pero la revista Life le pagaba un dólar por cada palabra que ponía. Su trabajo salió en esa revista con el título de “Un verano sangriento“, y ya en este nombre se respiraba un penetrante tufo a comercialismo.

Antonio Ordonez and Ernest Hemingway en la Finca "La Consula" (Málaga) en 1959

Antonio Ordonez y Ernest Hemingway en la Finca La Consula (Málaga) en 1959

No estaba, ni lejanamente, a la altura de reportajes literarios suyos como “Una historia natural de los muertos” o de ese colosal relato también de toros que es “La capital del mundo“, pero le permitió el reencuentro con España.

Todo esto debía volver a la delicada, impresionable memoria de Hemingway mientras en ese último verano español bebía largamente y tomaba notas en la barra del bar del Gran Hotel de Zaragoza rodeado de una cohorte de admiradores.

Hemingway vino a España hasta los últimos años de su vida, cuando se sentía acosado por la enfermedad.

Bill Davis, Rupert Bellville, and Ernest Hemingway dining at La Consula, 1959

Ernest Hemingway cenando con Bill Davis y Rupert Belleville en la Finca La Cónsula, en Málaga, no muy ajena ni lejana para él de la Ronda de su amigo Antonio Ordóñez, en el año 1959

Hemingway dejó su casa en 1960, con la intención de volver, pero se suicidó con un arma de fuego en su casa de Ketchum, Idaho, en julio de 1961.

Con el pasado y el presente, lo que fue y lo que pudo haber sido, la verdad y la mentira confundiéndose en la trama de sus días, Hemingway se sentó a mirar fijo el ojo de un rifle. Y el sol dejó de salir.

El cazador se cazaba a sí mismo, como si quisiera desmentir su mejor adagio: “Un hombre puede ser destruido, nunca derrotado”.

En Finca Vigía, el lugar mágico situado a las afueras de La Habana donde vivió durante más de veinte años, Hemingway dejó toda su bibliotecacon más de 9.000 libros, revistas y folletos (2.000 de ellos subrayados o con notas al margen del escritor) y objetos personales como su máquina de escribir Underwood, los trajes de su época de reportero de guerra o un gramófono con el disco de Glenn Miller que le gustaba escuchar.

Finca Vigía, el lugar mágico situado a las afueras de La Habana donde Hemingway vivió durante más de veinte años

Finca Vigía, el lugar mágico situado a las afueras de La Habana donde Hemingway vivió durante más de veinte años (Foto: Bruce Tuten bajo lic. CC BY 2.0)

Tras su muerte, su última esposa Mary Welsh viajó a La Habana para recoger algunas cosas de valor y donó al gobierno cubano la finca, que la transformó en un museo. Desde entonces todo se ha mantenido sin cambios, como si el escritor fuera a regresar de un momento a otro.

El Museo Finca Vigía está dedicado a la conservación y difusión, tanto de la literatura, como de la vida de Hemingway, siempre aventurera y no exenta de polémicas.

Ernest Hemingway siempre ha servido de puente entre Estados Unidos y Cuba, y desde 2002 ambos países colaboran para restaurar y digitalizar los archivos del escritor (más de 10.000 documentos), entre los que se encuentran verdaderas joyas, muchas de ellas inéditas.

Por el momento ya han sido recuperados 3.194 documentos (muchos de ellos relacionados con Zaragoza y Aragón), entre manuscritos, cartas, postales, telegramas y fotografías, que pueden consultarse online en la web de la Librería John Fitzgerald Kennedy de Boston.