El 3 de agosto del año 19366a apenas quince días del comienzo de la guerra civil, un avión lanzó sobre el Pilar de Zaragoza cuatro bombas que no llegaron a explotar.

Con todo, la cubierta del Pilar conserva aún los boquetes que dejaron dos de las bombas, que no se han tapado ni siquiera en las sucesivas reformas, mientras que una cruz de mármol señala el lugar exacto de la plaza en el que cayó el tercero de los proyectiles.

Para el canónigo Juan Antonio Gracia, la realidad histórica del episodio “está fuera de toda duda”“Basta con ver las marcas que dejaron“, subraya el sacerdote y hace hincapié en que “la Iglesia jamás ha considerado un milagro el hecho de que las bombas no explotaran“. Desde el punto de vista eclesiástico, añade, los artefactos bélicos exhibidos son “un mero testimonio de un hecho que ocurrió, sin más“. Además, subraya Gracia, “la Iglesia no explota la historia de las bombas ni la utiliza para hacer propaganda“.

Eloy Fernández Clemente, catedrático de Historia Económica, está convencido de la autenticidad del hecho. “Sí se lanzaron“, asegura. “Había testigos que oyeron el silbido de las bombas y el zumbido de los aviones“. Fernández Clemente aclara, no obstante, que los proyectiles no tenían ningún peligro, “pues no llevaban espoleta”.

Hace más de 50 años Heraldo de Aragón publicaba la historia de Tomás Burillo, el hombre que avisó de la caída de las bombas en la plaza del Pilar:

“Fue en una madrugada de la Guerra Civil, claro, como ya sabrá usted. La familia velábamos a causa de una enfermedad de mi señora. A mí me pareció un avión y me asomé a la ventana. Vi volar el avión una y otra vez alrededor del Pilar. Comprendí de qué se trataba y estuve a punto de disparar sobre él con un arma larga que entonces poseía. Pero temí equivocarme”.

“Don Tomás Burillo no disparó, pero aguzó el oído y recuerda que escuchó el zumbido de «algo» al caer. Ese zumbido le puso inmediatamente en guardia y bajó a la plaza a comprobarlo. Me acompañaron una hermana y un hermano. Y vimos la bomba”.

“A otro carácter menos templado quizá le hubiera entrado un tembleque, pero no a don Tomás, que ha sido veintiséis veces donante de sangre. Lo que hizo fue llamar al Parque de Artillería para dar aviso. De allí acudieron rápidamente en un coche un capitán y varios números”.

El cabo de milicias Jesús Francisco Perisé -tal y como recordó el mismo muchos años después-  se encontraba de servicio en la explanada del cuartel del regimiento de Caballería de Castillejos:

“Estábamos hablando y cambiando impresiones de la guerra cuando, de pronto, hacia el Este, nos pareció apreciar el ruido en aumento de un avión que se nos iba aproximando; ello nos puso en estado de alerta ante el peligro que pudiera acarrear su paso por la ciudad y su posible acción ofensiva, si se trataba de un avión enemigo, como en principio sospechábamos, a juzgar por la ruta seguida de su ruido itinerante: de Este a Oeste”.

“El avión, de cuya relativa situación nos daba fe únicamente el ruido de sus motores, era invisible para nosotros hasta que su desfile frente a la luna, nos permitió verlo –en silueta- por un instante. Su proyección en la luna nos hizo concluir que el avión volaba bajo y entonces, si era enemigo, ¿con qué reacción antiaérea contábamos? Pues parece ser que nuestros medios de reacción eran más bien precarios, a apenas quince días del comienzo de la guerra, lo cual permitía a la tripulación enemiga moverse con bastante libertad en aquella operación de ataque. Entonces guardamos un silencio espectante, temiéndonos lo peor; pero, tras un tiempo prudente, ante el silencio de la ciudad supusimos que el avión era amigo y cesamos en nuestros temores”.

En la madrugada del 3 de agosto de 1936 un Fokker trimotor F VII EC-PPA de las Líneas Aéreas Postales Españolas militarizado por la República con base en el Aeropuerto del Prat de Barcelona lanzó cuatro bombas sobre Zaragoza.

El avión volaba a baja altura, a unos 150 metros. Al no disponerse de fuerzas antiaéreas en ese momento, el piloto pudo sobrevolar tranquilamente el templo y la plaza del Pilar esperando el mejor momento para lanzar su carga. El Fokker dio varias unas pasadas, llegando incluso a rozar las torres del Pilar, como llegó a comentar algún testigo.

La primera cayó la misma plaza del Pilar, frente a la calle Alfonso, donde quedó incrustada de pie en el pavimento, haciendo saltar los adoquines, y creando en el suelo la caprichosa forma de una cruz. Hoy una placa de mármol todavía rememora la fecha y el lugar exacto donde cayó el proyectil.

Una pequeña cruz sobre el pavimento muestra el lugar exacto de la plaza del Pilar en el que cayó una bomba el 3 de agosto del año 1936 

Una pequeña cruz sobre el pavimento muestra el lugar exacto de la plaza del Pilar en el que cayó una bomba el 3 de agosto del año 1936

Las bombas que cayeron en el Pilar

Una cruz de mármol señala el lugar exacto de la plaza del Pilar en el que cayó una bomba el 3 de agosto del año 1936

La segunda de las bombas (quizás destinada destruir el paso del Puente de Piedra) cayó en el río Ebro y las aguas se la tragaron para siempre.

Las otras dos, impactaron directamente sobre la cubierta de la mismísima Basílica del Pilar. Ninguna de las bombas estalló.

Una de las mayores curiosidades al visitar el Pilar es el buscar el rastro que dejaron las dos bombas que impactaron. Una de las cuales dañó –por fortuna solo en un lateral- la cúpula que Francisco de Goya pintó en el coreto. La otra hizo un agujero en la cúpula de la Santa Capilla.

La adoración del Nombre de Dios, fresco de Goya en el Pilar de Zaragoza

“La adoración del Nombre de Dios”, fresco de Goya en la bóveda del coreto del Pilar. El boquete causado por la bomba en 1936 puede observarse en la parte inferior del lado derecho

Una de las mayores curiosidades al visitar el Pilar es el buscar el rastro que dejaron las dos bombas que impactaron

En la cúpula de la Santa Capilla aún se puede contemplar el agujero causado por una de las bombas que cayó en el Pilar en 1936

Ambos proyectiles pueden verse hoy en día colgados en uno de los pilares cercanos a la capilla de la Virgen.

Los dos proyectiles que impactaron en el Pilar atravesando el techo pueden verse hoy en día colgados junto al acceso a la cripta

Los dos proyectiles que impactaron en el Pilar se conservan en uno de los pilares cercanos a la Santa Capilla, justo debajo de las banderas de Haití, Costa Rica, México, Perú y El Salvador

Las bombas se lanzaron a las 3 h de la mañana del 3 de agosto de 1936 en una noche de luna llena. Los proyectiles fueron desmontado por artificieros del Regimiento de Zapadores de la 5ª División.

Que las bombas no explotaran se atribuyó, en el bando sublevado y entre la población zaragozana, a un milagro de la Virgen. Sin embargo, el suceso no se puede considerar como excepcional, debido a que los proyectiles usados, como gran parte del armamento de que disponían ambos bandos al inicio de la guerra, eran anticuados y estaban fuera de uso; por otro lado, menudeaban los actos de sabotaje entre los servidores de la Marina y la Aviación republicanas.

Las bombas, según un informe del Director del Parque de Artillería de Zaragoza, llevaban espoleta pero estaban mal montadas y, por si fuera poco, estaban diseñadas para explotar sólo si se lanzaban por encima de los 500 metros, y no desde 150 como lo hizo el inexperto (o quizás, según algunos, poco inclinado al bombardeo del templo) aviador.

Pero lo más llamativo fue la impresionante movilización ciudadana de repulsa que se produjo, pocas horas después, la misma tarde posterior a la madrugada del suceso. Sin que ningún periódico pudiera hacerse eco de lo ocurrido todavía hasta sus ediciones del día 4 de agosto.

Pero ese mismo día 3, los zaragozanos dejaron a la altura del barro las convocatorias instantáneas y masivas que aún tardarían en llegar a través de WhatsApp y redes sociales, dicho esto en términos figurados. Todo un fenómeno digno de estudio.