En pleno corazón de Zaragoza, una calle nos invita a adentrarnos en la parte antigua de la ciudad y a conocer muchos de sus secretos, mientras propone un sugerente diálogo con el presente.

La calle Alfonso I fue construida entre 1865 y 1867, cuando se decidió la apertura de una vía por motivos higiénicos y con la intención de descongestionar el centro histórico de la ciudad. Fue la operación de reforma interior del casco urbano de Zaragoza más importante realizada durante el siglo XIX.

En ese periodo Zaragoza era una ciudad moderna, con barrios muy bien delimitados y un centro histórico y unos ensanches donde la nueva burguesía construía sus viviendas. Un periodo de entusiasmo que se reflejó en la imagen de la capital.

La calle está repleta de casas que en su momento sirvieron como residencia a las principales familias de la burguesía zaragozana.

Las fachadas y soportales arcados que la circundan son, gracias al poderío de estas familias, un gran muestrario de los estilos constructivos de cada época.

Farolas de la calle Alfonso de Zaragoza

Farolas de la calle Alfonso

Casi todas las edificaciones poseen más de dos plantas y predominan las viviendas. Distinguen por sus altos puntales y los balcones que sobresalen sobre la acera. Por lo general, carecen de portales y llenan casi todo el espacio alrededor de la vía, en marcado reflejo de la arquitectura ecléctica y la gran densidad poblacional de la zona.

Los balcones se asoman a la calle, como queriendo ser parte de todo cuanto ocurre y, dividiéndolos, están los guardavecinos, esas rejas con los más caprichosos diseños que tipifican los barrios y marcan los pequeños límites perimetrales entre viviendas contiguas. El ir y venir de la gente forma parte del entorno visual y acústico.

Cronistas nacionales y extranjeros de todas las épocas han descrito a la calle Alfonso desde su surgimiento como “una de las calles más animadas de Zaragoza”. El constante ir y venir bullicioso de la gente ha estado justificado por su cercanía al Pilar y la presencia de farmacias, casas de modas, sastrerías, dulcerías, cafés, bares, bazares, billares, librerías, joyerías, centros de belleza y tiendas de toda índole. Su posicionamiento como corredor comercial le llevó a ser pionera en el alumbrado público de la ciudad.

En la calle Alfonso aun hoy se mantiene esa tradición y funciona atestada de establecimientos minoristas que se recorren con la tranquilidad y naturalidad de un paseo, incluyendo importantes restaurantes, pues únicamente se permite el tráfico peatonal sobre sus perseverantes y resistentes adoquines.

La conexión del Coso con la plaza del Pilar, cuya cúpula queda –casi– centrada con la calle, y la armonía estética de sus edificios y farolas la convierten en uno de los paseos favoritos de zaragozanos y visitantes.

Es uno de esos lugares del pasado en medio de la ciudad que parece mentira que hayan sobrevivido a los envites del progreso. Las edificaciones no tienen más de tres o cuatro alturas, las suficientes para resguardar de la luz del sol a casi cualquier hora del día.

Caminando por la calle Alfonso, uno se encuentra de repente inmerso en lo que podría equivaler a la típica calle comercial de cualquier pequeña ciudad, con la particularidad de que la más humilde de las tiendas puede ser una espectacular obra arquitectónica con detalles modernistas o preciosas tipografías antiguas.

La esquina del la Calle Alfonso con el Coso es una de las esquinas más presuntuosas de Zaragoza: un edificio monumental de principios del siglo XX, cedro, vitrales, mármoles, la pompa de esos tiempos.

En este mismo lugar, pero en el lateral que da a la calle Coso (donde se ubica hoy la administración de lotería número 1), se erigía una de las casas en las que vivió desde 1780 a 1781 Francisco de Goya.

casa molins calle alfonso el coso zaragoza

La Casa Molins, en la esquina del Coso con la Calle Alfonso

Alfonso es una de las principales arterias comerciales y turísticas del centro histórico de Zaragoza, y se encuentra repleta de galerías de arte, tiendas, bancos, museos, farmacias, lugares para sentarse a comer y bares de música en directo.

Al darle el sol, en pleno mediodía, se hace más difícil recorrerla también por tanta gente como viene hurgando en esos, sus ofrecimientos de calle comercial.

La idea original era crear un bulevar de estilo europeo, tan espléndido como los que estaba construyendo Haussmann en París durante el Segundo Imperio (1852-1870). Se trataba de un agresivo proyecto de intervención en el interior de la ciudad, tal y como otras urbes europeas llevaron a cabo en aquellas décadas.

El proyecto fue realizado por el arquitecto José de Yarza y muy pronto se convirtió en la zona preferida por las familias aristocráticas zaragozanas para edificar sus mansiones.

Las obras comenzaron en el invierno de 1866 y ayudaron a paliar la grave crisis económica que afectaba a las clases jornaleras y artesanas de la ciudad.

Al pasear entre los edificios modernistas y la arquitectura de los años 50, tendrás la sensación de haber viajado en el tiempo.

El Pilar visto desde la calle Alfonso

La Basílica del Pilar y su plaza homónima vistas desde la calle Alfonso

Caminando desde el Coso, hasta la Plaza del Pilar por la calle Alfonso, uno se encuentra de repente inmerso en lo que podría equivaler a la típica calle comercial de cualquier pequeña ciudad, con la particularidad de que la más humilde de las tiendas puede ser una espectacular obra arquitectónica con detalles modernistas o preciosas tipografías antiguas.

A veces los negocios le roban lugar y es cuando aparecen mesas y sillas para detenerse a comer o tomar algo.

A veces uno no se dirige precisamente a la calle Alfonso, a veces uno va para otro lado, a otra plaza, a otra gestión, a veces por ahí se hace más lejos pero igual uno toma la calle Alfonso, como si fuera un recorrido obligatorio o una suerte de apremio por llenarse de la vida que recorre esa calle de un extremo a otro.

Se trata de un recorrido bullicioso donde vienen y van turistas y lugareños, más que mirando escaparates, mirándose y dejándose ver, parados en una esquina, sentados en un poyete comiendo pizza o un helado mientras suena la música de algún grupo ambulante.

En el número 25 se encuentra la antigua Joyería Aladrén, un emblemático establecimiento construido en 1885. En el año 1997 fue reconvertido en el Gran Café Zaragoza (Calle Alfonso I, 25), una cafetería que ha intentado mantener la apariencia original del establecimiento. Siempre es una buena oportunidad para codearse con zaragozanos pasando un buen rato en sus mesas de madera.

Bellostas (Calle Alfonso I, 25) lleva en la calle Alfonso I desde 1908 ofreciendo artículos artesanos, de mucha calidad y muy variados que no se pueden encontrar en otras tiendas. Y esa, dicen, es su mayor ventaja para mantener su establecimiento y a sus clientes.

Haciendo esquina con la Plaza del Pilar se encuentra el Pasaje del Comercio y de la Industria, más conocido como Pasaje del Ciclón. Este gran pasaje comercial fue construido entre los años 1858 y 1868 siguiendo el estilo de otras galerías comerciales, como la Magna Galería de Victor Manuel en Milán o las Galerías San Hubert de Bruselas.

Terraza de invierno del Pasaje El Ciclón

Interior del Pasaje El Ciclón

Justo en el vértice de la Plaza del Pilar y la Calle Alfonso, se aboca esta este icono de la hostelería castiza. La Cafetería Santiago es totalmente ‘old school’ tanto en la decoración como en los platos y raciones que sirven y la actitud de los camareros (que llevan décadas detrás de la barra sirviendo tapas y bocadillos baratos y gin-tonics a buen precio).

En la calle Alfonso se entrelazan las construcciones de piedra, los balcones volados, techos de alfarje, ventanas de madera torneada, pinturas murales, vitrales, fachadas y amplios portales arcados, que en buena lid serían el pretexto ideal para estudiar desde allí la historia de la arquitectura en Zaragoza.

Así encontramos espacios tan diversos, atractivos o demandados actualmente como las pastelerías Tolosana (número 00) y Manolo Bakes (número 43), las heladerías Zanellato (número 21) y A Tu Rollo (Prudencio 34, justo al lado de la calle Alfonso), la Cámara Oscura, el Centro Cultural Vitrina de Valonia, el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, el Museo del Naipe, las tiendas de regalos Flying Tiger (número 17) y Ale-Hop (número 24), un centro de negocios, los restaurantes Ribs (número 13) y Sakura (número 26), entre otros, y edificios donde se rentan apartamentos.

El paso del tiempo también ha dejado huella en esta calle donde solo se instalaba la flor y nata de la sociedad aragonesa. Las franquicias van copando los locales vacíos mientras que los comerciantes antiguos tienen que pelear contra subidas de alquiler y la llegada a la calle de nuevos inversores.

La calle Alfonso es un lugar donde es fácil perderse y sentirte dentro de una aventura, una locura y un remanso de paz, todo depende de donde estés y del momento del día.

Todo el conjunto arquitectónico y humano es impresionante, y el paseo por la principal arteria comercial y turística de Zaragoza se hace totalmente ineludible, tanto para los viajeros que llegan por primera vez a la capital maña como para aquellos que la conocen como la palma de su mano.