La Torre Nueva de Zaragoza
La Torre Nueva

La Torre Nueva

Durante casi cuatro siglos, una enorme torre inclinada dominó el perfil de Zaragoza desde la actual plaza de San Felipe. Era la Torre Nueva, uno de los grandes símbolos de la ciudad y una de las construcciones mudéjares más singulares que existieron en España.

Su silueta resultaba inconfundible. La inclinación que adquirió poco después de ser construida terminó convirtiéndose en una de sus características más conocidas y llamó la atención de viajeros, escritores, dibujantes y, posteriormente, de algunos de los primeros grandes fotógrafos que retrataron Zaragoza.

Pero aquella inclinación también alimentó durante siglos las dudas sobre su estabilidad. Finalmente, en 1892 el Ayuntamiento de Zaragoza decidió derribar la Torre Nueva, pese a la oposición de numerosos ciudadanos e intelectuales. La controversia llegó a dividir a los zaragozanos entre «turrófilos» y «turricidas».

Más de 130 años después de su desaparición, la Torre Nueva continúa formando parte de la memoria de Zaragoza. Su antiguo emplazamiento permanece señalado en el pavimento de la plaza de San Felipe y diferentes esculturas, fotografías, murales y objetos recuerdan todavía a uno de los grandes monumentos perdidos de la ciudad.

Levantada en la actual plaza de San Felipe, la Torre Nueva constituyó el primer gran edificio construido en Zaragoza durante el siglo XVI.

A comienzos de aquella centuria, el concejo zaragozano decidió levantar una gran torre civil destinada a albergar el reloj público de la ciudad y las campanas encargadas de regular buena parte de la vida cotidiana de los habitantes de Zaragoza.

La construcción comenzó en 1504 y en ella participaron conjuntamente maestros cristianos y mudéjares, una circunstancia que refleja perfectamente la tradición constructiva de la Zaragoza de aquel momento.

Entre los maestros cristianos se encontraban Gabriel Gombao y Antón Sariñena, mientras que entre los mudéjares participaron Juce Galí, Ismael Allabar y el maestro Monferriz.

El reloj público fue construido por el leridano Jaime Ferrer y las campanas se colocaron en 1508. Los trabajos relacionados con la torre se prolongaron hasta 1512.

La Torre Nueva estaba construida fundamentalmente en ladrillo siguiendo la tradición del arte mudéjar, que dejó en Zaragoza algunos de los monumentos más importantes de su patrimonio histórico.

La torre estaba formada por cuatro alturas. El primer cuerpo presentaba una peculiar planta con forma de estrella de 16 puntas, mientras que los siguientes eran octogonales y disponían de contrafuertes angulares.

Esta solución arquitectónica se convirtió en característica de este tipo de torres durante el siglo XVI y la Torre Nueva sirvió de modelo para otras construcciones posteriores.

Uno de los ejemplos más destacados se encuentra en la torre de Santa María de Calatayud, cuya construcción siguió el modelo de la desaparecida torre zaragozana.

La torre mudéjar de Santa María de Calatayud fue construida siguiendo el modelo de la Torre Nueva de Zaragoza
La torre mudéjar de Santa María de Calatayud fue construida siguiendo el modelo y ejemplo de la Torre Nueva

La decoración contribuía notablemente a la monumentalidad del edificio. En sus fachadas aparecían motivos geométricos realizados en ladrillo y elementos cerámicos, mientras que diferentes vanos con arcos apuntados aligeraban visualmente la construcción.

El aspecto de la torre que conocemos gracias a numerosos grabados y fotografías antiguas no corresponde exactamente al que presentaba a comienzos del siglo XVI.

En 1749 se añadió un espectacular remate formado por un triple chapitel con cubiertas de pizarra, que terminó convirtiéndose en uno de los elementos más reconocibles de su silueta.

Sin embargo, una característica terminaría haciendo todavía más famosa a la Torre Nueva: su inclinación.

La torre comenzó a inclinarse poco tiempo después de su construcción. Tradicionalmente se ha relacionado este problema con la ejecución de los cimientos y del primer cuerpo.

Una de las explicaciones señala que la parte sur de la torre habría fraguado más rápidamente que la parte norte, provocando una diferencia en las tensiones de ambos lados y, como consecuencia, la progresiva inclinación de la estructura.

Se intentó poner remedio reforzando los cimientos, pero la inclinación permaneció y acabó convirtiéndose en una de las señas de identidad del monumento.

Con el paso de los siglos llegó a ser considerada la torre inclinada más famosa de España.

En 1741 se llegó a medir una desviación de aproximadamente 2,67 metros respecto a la vertical. Una inclinación suficientemente llamativa como para despertar la curiosidad de cualquiera que llegara a la ciudad.

La cuestión fundamental era determinar si aquella inclinación suponía realmente un peligro para la estabilidad del edificio. Una discusión que acompañaría a la Torre Nueva durante buena parte de su historia y que resultaría decisiva en el siglo XIX.

La construcción, en cualquier caso, resistió durante siglos. Incluso permaneció en pie tras el gran terremoto de 1755, cuyos efectos se dejaron sentir en buena parte de la península ibérica.

La Torre Nueva se convirtió rápidamente en una referencia visual de Zaragoza. Su considerable altura, su singular arquitectura y, especialmente, su inclinación hicieron que no pasara desapercibida para los viajeros que visitaban la ciudad.

Ya existen referencias de 1585 de Enrique Cock, acompañante de Felipe II, que permiten comprobar la importancia que había adquirido el monumento apenas unas décadas después de su construcción.

Siglos después, el escritor y viajero italiano Edmundo de Amicis la denominó «el balcón de Aragón».

Durante el Romanticismo, la torre se convirtió además en uno de los monumentos zaragozanos preferidos por dibujantes y grabadores, que la representaron en numerosas ocasiones. Algunas de aquellas imágenes exageraban deliberadamente su inclinación, aumentando todavía más su fama.

También aparece repetidamente en los «Episodios nacionales» de Benito Pérez Galdós, donde encontramos una de las descripciones más conocidas del monumento:

«La torre se asemeja a un gigante, que se inclina para mirar quién anda a sus pies (…). Corren las nubes por encima de su aguja y el espectador que mira desde abajo se estremece de espanto (…)».

La aparición de la fotografía durante el siglo XIX permitió conservar imágenes extraordinarias de la Torre Nueva apenas unas décadas antes de su desaparición.

Entre las fotografías históricas conservadas destaca especialmente la realizada por Charles Clifford alrededor de 1860.

También son especialmente valiosas las diferentes vistas tomadas por Jean Laurent entre 1863 y 1877.

A estos grandes fotógrafos se sumaron autores locales como Mariano Júdez y Anselmo María Coyne, que también inmortalizaron el monumento.

Gracias a todas estas fotografías podemos contemplar actualmente el aspecto que presentaban tanto la torre como su entorno urbano durante las últimas décadas del siglo XIX.

La Torre Nueva de Zaragoza fotografiada por J. Laurent hacia 1876
La Torre Nueva. Fotografía de J. Laurent, hacia el año 1876

La altura de la construcción hacía de ella un extraordinario punto de observación sobre Zaragoza y sus alrededores.

Esta característica resultó especialmente útil durante los Sitios de Zaragoza de 1808 y 1809.

Durante los enfrentamientos contra las tropas napoleónicas, la Torre Nueva fue utilizada como punto de vigilancia para observar los movimientos de las tropas francesas.

Desde su privilegiada posición también se podían transmitir avisos en caso de peligro.

De esta forma, la torre que durante siglos había marcado con su reloj y sus campanas el ritmo cotidiano de Zaragoza pasó a desempeñar también una función estratégica durante uno de los episodios más importantes de la historia de la ciudad.

Durante el siglo XIX aumentaron las discusiones acerca de la seguridad de la construcción.

En 1878 la Torre Nueva fue desmochada y perdió el característico triple chapitel que había coronado su parte superior desde mediados del siglo XVIII.

La medida, sin embargo, no puso fin a la controversia.

Finalmente, en 1892 el Ayuntamiento de Zaragoza decidió demoler la Torre Nueva, justificando la decisión por su inclinación y por el supuesto estado de ruina del edificio.

La decisión provocó una enorme polémica.

Los zaragozanos llegaron a dividirse entre «turrófilos» y «turricidas». Los primeros defendían la conservación de la torre y consideraban que podía mantenerse en pie, mientras que los segundos apostaban por su demolición debido al supuesto peligro derivado de su pronunciada inclinación.

La polémica trascendió incluso el ámbito estrictamente zaragozano. Intelectuales, artistas y defensores del patrimonio se movilizaron para intentar evitar la desaparición de uno de los monumentos más característicos de la ciudad.

Entre los principales defensores de la conservación destacaron los hermanos Gascón de Gotor, que publicaron numerosos artículos denunciando lo que consideraban el «turricidio» de una de las más bellas torres del Mudéjar aragonés.

Llegaron a calificar su desaparición como «el mayor crimen artístico cometido en España».

Pese a las protestas y los intentos por salvarla, la decisión municipal siguió adelante.

El derribo comenzó durante el verano de 1892 con la instalación de grandes andamios alrededor de la construcción.

La demolición fue lenta. La Torre Nueva había dominado Zaragoza durante casi cuatro siglos y ahora desaparecía progresivamente, ladrillo a ladrillo.

Uno de los aspectos más llamativos fue precisamente el destino de esos materiales.

Los ladrillos procedentes de la Torre Nueva fueron vendidos y utilizados, entre otros usos, para los cimientos de nuevas viviendas de Zaragoza. Para sus defensores, el buen estado de muchos de aquellos ladrillos constituía precisamente una prueba de la solidez de la construcción y reforzaba su argumento de que la demolición había sido innecesaria.

Finalmente, en el verano de 1893 Zaragoza se quedó definitivamente sin su Torre Nueva.

La esfera y la maquinaria del reloj de la Torre Nueva de Zaragoza
La esfera y la maquinaria del reloj de la Torre Nueva

La desaparición del monumento no hizo desaparecer el debate.

Pocos años después comenzaron a surgir propuestas para recuperar de alguna manera la silueta de la Torre Nueva.

Cuando se aproximaba la celebración del centenario de los Sitios de Zaragoza, algunos intelectuales plantearon incluso reconstruirla.

Entre ellos se encontraba Mariano de Pano, que consideraba que había llegado el momento de levantar nuevamente la Torre Nueva tal y como había sido y en su antiguo emplazamiento.

El prestigioso arquitecto Ricardo Magdalena sugirió otra posibilidad: construir una nueva atalaya que sirviese para mantener vivo el recuerdo de la torre desaparecida.

También el arquitecto Félix Navarro elaboró su propia propuesta. Su proyecto recibió el nombre de Torre de los Sitios y pretendía reunir en un mismo monumento el recuerdo de la desaparecida Torre Nueva y la conmemoración de los Sitios de Zaragoza.

Ninguna de aquellas iniciativas llegó a convertirse en realidad.

La idea de reconstruir la Torre Nueva, sin embargo, no desapareció completamente. Durante las primeras décadas del siglo XX, y especialmente en los años veinte, volvieron a plantearse diferentes posibilidades para recuperar el monumento.

La Torre Nueva se levantaba en la actual plaza de San Felipe, uno de los espacios históricos más interesantes del centro de Zaragoza.

Aunque hoy no queda ningún cuerpo del edificio en pie, todavía es posible localizar el lugar que ocupaba.

Durante los años noventa del siglo XX se construyó un primer monumento conmemorativo en el espacio donde se había levantado la torre.

Actualmente, el perímetro de la Torre Nueva está señalado sobre el pavimento de la plaza, permitiendo hacerse una idea de las dimensiones y de la ubicación que tuvo la construcción.

Es un detalle que puede pasar desapercibido para quien atraviesa la plaza sin conocer su significado, pero constituye una de las principales huellas visibles del desaparecido monumento.

Muy cerca de ese perímetro se encuentra uno de los homenajes más entrañables a la torre desaparecida.

Se trata de la escultura de un muchacho sentado mirando hacia la Torre Nueva, realizada por Santiago Gimeno Llop.

La figura aparece sentada directamente sobre el suelo de la plaza y dirige la mirada hacia el lugar exacto en el que se levantaba la torre.

El monumento juega precisamente con la ausencia: el niño contempla algo que nosotros ya no podemos ver, convirtiéndose en un sencillo pero evocador recuerdo de la silueta que durante siglos dominó este espacio de Zaragoza.

Escultura Niño sentado mirando a la Torre Nueva de Santiago Gimeno Llop
Escultura «Niño sentado mirando a la Torre Nueva», de Santiago Gimeno Llop

La memoria del monumento también permanece en las calles próximas.

En 1987 el Ayuntamiento de Zaragoza decidió recordar la desaparecida Torre Nueva mediante un mural situado en la fachada lateral de un edificio de viviendas de la calle que conserva precisamente su nombre.

La pintura se encuentra muy cerca del lugar original que ocupaba la torre y permite imaginar nuevamente su característica silueta formando parte del paisaje urbano.

Es otro de los lugares que merece la pena buscar al recorrer la plaza de San Felipe y sus calles próximas.

Existe además un lugar en el que es posible acercarse todavía más a la historia del monumento.

En la bodega medieval de Casa Montal, uno de los establecimientos históricos situados en la propia plaza San Felipe, se encuentra un pequeño museo dedicado a la Torre Nueva.

Entrada al Museo de la Torre Nueva en Montal
Entrada al Museo de la Torre Nueva

En este espacio se conservan fotografías, documentos y diferentes piezas relacionadas con la desaparecida construcción.

Entre los elementos más interesantes se encuentran la esfera y la maquinaria del antiguo reloj de la Torre Nueva, precisamente uno de los elementos que explican el origen mismo del edificio, ya que la torre fue construida a comienzos del siglo XVI para albergar el reloj público y las campanas de Zaragoza.

De esta manera, más de cinco siglos después de su construcción y más de 130 años después de su desaparición, una parte de aquella torre continúa conservándose a escasos metros del lugar donde estuvo levantada.

La historia de la Torre Nueva resulta especialmente singular porque su desaparición no consiguió borrar su presencia de la memoria colectiva.

Durante casi cuatro siglos fue una referencia del paisaje urbano zaragozano. Sirvió para marcar las horas de la ciudad, sus campanas acompañaron la vida cotidiana de generaciones de habitantes, fue utilizada como punto de vigilancia durante los Sitios y su extraordinaria inclinación despertó la curiosidad de viajeros, escritores, pintores, grabadores y fotógrafos.

Después llegó una de las decisiones urbanísticas y patrimoniales más polémicas de la historia de Zaragoza.

Interior del Museo de la Torre Nueva
Interior del Museo de la Torre Nueva

El derribo de 1892 y 1893 hizo desaparecer físicamente el monumento, pero dio origen al mismo tiempo a una memoria que ha llegado hasta nuestros días.

Hoy, quien visite la plaza de San Felipe puede seguir sus huellas: observar en el suelo el perímetro que ocupaba, descubrir al muchacho de bronce que continúa mirando hacia ella, contemplar el mural que recupera su silueta y acercarse hasta Casa Montal para conocer algunas de las piezas que sobrevivieron al derribo.

La Torre Nueva ya no forma parte del perfil de Zaragoza, pero continúa siendo, paradójicamente, uno de los monumentos desaparecidos más reconocibles y recordados de la ciudad.

 

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