Levantada en la actual Plaza de San Felipe, la Torre Nueva constituyó el primer gran edificio construido en Zaragoza durante el siglo XVI.

De 1504 a 1512, el concejo mandó construir una torre civil, para albergar el reloj público -construido por el leridano Jaime Ferrer– y las campanas que regulasen la vida de la ciudad. Las campanas se colocaron en 1508.

La torre estaba construida con ladrillo en estilo Mudéjar por los maestros cristianos (Gabriel Gombao y Antón Sariñena) y los mudéjares (Juce Galí, Ismael Allabar y el maestro Monferriz).

De cuatro alturas, la primera tenía forma de estrella de 16 puntas y las siguientes eran octogonales con contrafuertes angulares, característica propia de estas torres en el s. XVI y modelo y ejemplo para otras torres como la de Santa María de Calatayud.

La Torre Mudéjar de Santa María de Calatayud fue construida siguiendo el modelo y ejemplo de la Torre Nueva

La torre mudéjar de Santa María de Calatayud fue construida siguiendo el modelo y ejemplo de la Torre Nueva

El remate fue añadido en 1749, siendo este un vistoso triple chapitel, con cubiertas de pizarra. Animaba el edificio una gran decoración a base de figuras geométricas y de cerámica; además se abrían vanos con arcos apuntados.

La Torre Nueva se convirtió rápidamente en un símbolo de la ciudad que no pasó desapercibido para los viajeros que recalaban a orillas del Ebro. Hay referencias de 1585 de Enrique Cock (acompañante de Felipe II), el viajero Edmundo de Amicis la llamó «el balcón de Aragón» y los románticos la plasmaron en innumerables grabado exagerando siempre su inclinación.

Abundan también las alusiones en los ‘Episodios nacionales’ de Benito Pérez Galdós, donde se lee:«La torre se asemeja a un gigante, que se inclina para mirar quién anda a sus pies (…). Corren las nubes por encima de su aguja y el espectador que mira desde abajo se estremece de espanto (…)».

Estaba considerada como la más famosa torre inclinada española. En el siglo XIX fue muy reproducida por grabadores y fotógrafos. Entre las vistas fotográficas conservadas destaca la realizada por Charles Clifford, en 1860, o las diferentes tomas de Jean Laurent, entre los años 1863 y 1877. Pero también fue inmortalizada por fotógrafos locales como Mariano JúdezAnselmo María Coyne.

La Torre Nueva. Fotografía de J. Laurent, hacia el año 1876

La Torre Nueva. Fotografía de J. Laurent, hacia el año 1876

La torre empezó a inclinarse poco tiempo después de su construcción, posiblemente debido a las prisas en construir los cimientos y el primer cuerpo: la parte sur de la torre fraguó más rápidamente que la parte norte, lo que causó una diferencia en las tensiones de ambos lados que inclinaría la torre. Se intentó poner remedio reforzando los cimientos, pero la inclinación se mantuvo.

Con el paso de los años su inclinación se fue haciendo patente: en 1741 se llegó a medir una desviación de 2,67 metros de la vertical, ‘atrofia’ que resultaba muy llamativa para las miradas, pero que –hoy continúa la duda– no es seguro que pusiera en jaque la construcción. De hecho, la torre ni siquiera se vio afectada por el gran terremoto de 1755.

Durante los Sitios de Zaragoza (1808-09), la torre se empleó para vigilar los movimientos de las tropas francesas, además de para dar el aviso en caso de peligro.

En 1878 la torre fue desmochada, retirándole su triple chapitel. En 1892 el Ayuntamiento de Zaragoza decidió demolerla, justificando la decisión por la inclinación y la presunta ruina de la obra. La decisión contó con la oposición de muchos intelectuales y de parte de la población, pero los esfuerzos por salvarla fueron en vano.

Los zaragozanos estaban divididos entre ‘turrófilos’ y ‘turricidas’. Los primeros querían salvar la Torre Nueva contra viento y marea, y los segundos apostaban por su derribo porque su alto grado de inclinación la hacía muy peligrosa.

Entre los defensores de la torre destacaron los hermanos Gascón de Gotor, que publicaron numerosos artículos denunciando el ‘torricidio‘ de la más bella torre Mudéjar, calificándolo también como el mayor crimen artístico cometido en España.

El derribo duró un año, empezando en el verano de 1892 con la instalación de unos andamios. Los ladrillos de la torre se vendieron para cimientos de nuevas casas de la ciudad, con lo cual se demostraba que eran perfectamente sólidos, y que la torre se demolía arbitrariamente.

En el verano de 1893, definitivamente, Zaragoza se quedó sin su Torre Nueva.

Cuando se aproximaba la celebración del centenario de los Sitios, intelectuales como Mariano de Pano creyeron llegado el momento de reconstruir la Torre Nueva tal y como era y en el mismo emplazamiento. El arquitecto Ricardo Magdalena sugirió que se podría hacer otra atalaya en su recuerdo (sobre estas líneas, a la derecha), mientras que Félix Navarro también lanzó su propio diseño (a la izquierda) que llamó Torre de los Sitios para integrar ambas efemérides.

Ninguno de estos proyectos se convirtieron en realidad, si bien a lo largo de los años (sobre todo, en la década de 1920) se ha insistido en una hipotética reconstrucción.

Durante los años noventa del siglo XX se construyó un primer monumento conmemorativo en el lugar en el que había estado la torre. Hoy tan solo queda una marca en el pavimento del perímetro de la torre y una escultura de un muchacho que la contempla sentado en el suelo, como si aún existiese.

Escultura 'Niño sentado mirando a la Torre Nueva' de Santiago Gimeno Llop

La escultura de un muchacho sentado mira hacia el lugar en que se alzó la Torre Nueva, señalado por hitos de piedra

En la bodega medieval de Casa Montal, uno de los locales comerciales de la plaza San Felipe, se halla un pequeño museo dedicado a la torre, con fotografías y piezas de la misma.

El Museo de la Torre Nueva de Casa Montal

En 1987 el Ayuntamiento de Zaragoza decidió pintar un mural en recuerdo de la desaparecida Torre Nueva en la fachada lateral de un edificio de viviendas de la calle del mismo nombre, muy cerca de su antigua ubicación.