Las Esclusas y el Molino de Casablanca se convirtieron en un importante nodo logístico durante la Guerra de la Independencia.

El Canal Imperial era utilizado como parte de las principales rutas de abastecimiento del ejército ocupante francés. Sus rutas logísticas entraban en la península por Navarra, y al alcanzar Tudela, usaban el canal para proveer sus operaciones en Aragón y Cataluña.

La sublevación de la ciudad contra la ocupación francesa en mayo de 1808 obligó al partido antifrancés a tomar el canal, donde el funcionario del canal Antonio Lamana se distinguió por asegurar para los sublevados las barcas que lo surcaban. Como parte del rápido programa de fortificación de la ciudad por parte de Antonio de Sangenís, el canal fue reideado como una línea defensiva para cubrir el flanco sur de la ciudad, instalándose varios cañones en la Casa Blanca y otros puntos clave.

El recién investido comandante de los sublevados José de Palafox convocó a todas las embarcaciones disponibles en las instalaciones de Casablanca para enviar tropas a Tudela. El rápido avance francés hizo infructuosas las salidas desde el puerto de Casa Blanca. Pero a pesar del fracaso en socorrer la ribera del Ebro aguas arriba, Palafox logró a través de los puertos de Casablanca y Miraflores pertrecharse con armas y municiones antes de la llegada del ejército francés.

Tras haber fracasado la defensa adelantada zaragozana, las fuerzas francesas se apresuraron a asediar la ciudad. Uno de los combates claves tuvo lugar el 15 de junio de 1808 en la Casa Blanca, donde a pesar del duro recibimiento inicial que les brindaron los defensores, se rompió la línea de defensa al explotar uno de los cañones, quedando el otro dañado. Solo el ánimo de Escobedo, que pronto comprendió el riesgo que suponía para la ciudad la pérdida del puente que daba acceso por el sur y montó una segunda línea defensiva en el interior, evitó males mayores para los defensores.

El primer sitio resultante se saldó sin embargo con un fracaso galo, al no lograr cerrar el cerco. Incapaces de rendir la ciudad, tuvieron que terminar levantando el asedio tras llegar noticias de la derrota en Bailén. En su huida de la ciudad, abandonaron en el puerto de Casablanca importantes cantidades de armamento.

Las posiciones defensivas en la Casa Blanca se reforzaron con la formación de dos baterías artilleras​ y el talado de los olivos circundantes que limitaban la zona de tiro.​ Sin embargo, los comandantes de la posición desconfiaban de su seguridad.

El responsable de la Casa Blanca, Federico Castañer, pidió en un parte más hombres y municiones mientras el comandante de artillería Luis de Gonzaga y de Villaba, luego respaldado por el propio Sangenís, alertaba a Palafox de la vulnerabilidad de la posición. A pesar de estas voces, Palafox se negó a dividir sus fuerzas más para reforzar la guarnición.

Sin embargo, la intervención personal de Napoleón cambió las tornas de la guerra y pronto el ejército francés volvió a intentar capturar la ciudad. Como medida preventiva, se cortó en octubre de 1808 el canal en Grisén, para impedir que la artillería y armamento pesado francés pudiera acercarse a la Casa Blanca.

En mitad de estas operaciones, llegaron los franceses el 1 de diciembre. Ese mismo día, las baterías de Casablanca se estrenaron repeliendo un ataque sorpresa francés.​ El 20 de ese mismo mes fue atacada con fuerza la posición, cuyo comandante se vio superado y la abandonó previa inutilización de los cañones. Con esta derrota, el general Felipe Augusto de Saint-Marq tuvo que replegarse de la línea defensiva del canal hacia la ciudad.

Durante el posterior segundo sitio de la ciudad, el molino de Casablanca fue usado por el ejército francés como cuartel general.

El 20 de febrero de 1809, a mediodía, el mariscal Lannes, general en jefe de las tropas napoleónicas; y Pedro María Ric, presidente de la Junta de Defensa, firmaron la capitulación de Zaragoza.

Una placa colocada en 1999 en una de las paredes del molino recuerda el lugar de la firma de la rendición.

Capitulación, firmada por el mariscal Lannes por los franceses y por Pedro María Ric y los otros miembros de la junta por parte de la ciudad de Zaragoza

El escrito de la capitulación de la ciudad de Zaragoza se conserva en los Archivos Nacionales Franceses

El segundo asedio se saldaba para el bando español con 55.000 muertos y 12.000 prisioneros; para el bando francés, más de 3.000 muertos y un número no cuantificado de heridos. La ciudad quedó prácticamente arrasada, y casi nada quedó de aquella urbe que fascinara a los viajeros desde el siglo XV.

En el capítulo V del documento de rendición, se especificaba que “todos los habitantes de Zaragoza y los extranjeros, si los hubiere, serán desarmados por los alcaldes y las armas puestas en la puerta del Portillo el 21 a mediodía”.

Y así se hizo, el 21 de febrero de 1809 la guarnición de Zaragoza depuso las armas en la Puerta del Portillo.

Heinrich von Brandt, oficial polaco que luchó en los Sitios de Zaragoza formando parte del ejército francés, lo contó así en sus memorias:

“Al cabo de una hora, apareció la vanguardia de estos famosos defensores de Zaragoza. Un cierto número de jóvenes de dieciséis a dieciocho años, sin uniformes, portando capotes grises y escarapelas rojas, y fumando indolentemente sus cigarrillos, se pusieron en fila en frente de nosotros. Pronto vimos llegar el grueso de la tropa, una muchedumbre extrañamente abigarrada, compuesta por gentes de toda edad, de todas condiciones, algunos con uniforme, la mayoría con vestidos de campesinos. Había allí una curiosa colección de tipos y de vestidos populares de las diversas partes de la Península, aragoneses, navarros, castellanos, valencianos, catalanes, andaluces. Los oficiales, montados en mulos o en asnos, no se distinguían de los soldados más que por sus tricornios y sus largos capotes. Todos fumaban y charlaban, pareciendo indiferentes a su inmediata expatriación. La mayoría ofrecía un aspecto tan poco militar que nuestros hombres manifestaban, en voz bastante alta, que nunca deberíamos haber tenido tantos apuros para vencer a esa chusma”.

"Salida de los Defensores de Zaragoza", pintado por Maurice Orange en 1893

“Salida de los Defensores de Zaragoza”, pintado por Maurice Orange en 1893. La guarnición de Zaragoza depuso las armas en la Puerta del Portillo el 21 de febrero de 1809

En su ‘Diario’, Jean Belmas, ingeniero militar del ejército francés, describió lo ocurrido el día 21 con una prosa estremecedora:

“La ciudad presentaba un escenario espantoso. Se respiraba un aire infecto que sofocaba. El fuego, que todavía consumía numerosos edificios, cubría la atmósfera con un espeso humo. Los lugares a los que se habían conducido los ataques no ofrecían más que montones de ruinas, mezcladas con cadáveres y miembros esparcidos. Las casas, destrozadas por las explosiones y el incendio, estaban acribilladas por aspilleras o por agujeros de balas, o derrumbadas por las bombas y los obuses, el interior estaba abierto por largos cortes para las comunicaciones. Los fragmentos de tejados y de vigas suspendidas amenazaban con aplastar, en su caída, a quienes se aproximasen (…) Los hospitales estaban abandonados; y los enfermos, medio desnudos, erraban por la ciudad como sombras lívidas que salían de las tumbas, expiraban en medio de las calles. La plaza del Mercado Nuevo ofrecía un espectáculo desolador: gran número de familias cuyas casas habían sido invadidas o destruidas, se cobijaron bajo las arcadas; allí, los viejos, las mujeres, los niños yacían mezclados sobre el pavimento, con los moribundos y los muertos. En este lugar de sufrimiento no se oían más que los gritos arrancados por el hambre, el dolor y la desesperanza”.

El general francés Louis-François Lejeune fue más conciso pero igual de contundente:

La columna española desfiló en formación con sus banderas y sus armas -escribió-. Jamás un espectáculo más triste ni conmovedor vieron nunca nuestros ojos“.

Lannes no entró en la ciudad hasta el 5 de marzo, después de haber exigido la limpieza de cadáveres en las calles. Entró por la puerta del Portillo y se dirigió a la Basílica del Pilar, donde presidió un ‘Te Deum’ en acción de gracias por la victoria obtenida.

Los combatientes que se negaron a entrar en servicio para las tropas francesas, fueron conducidos presos a Francia. Los supervivientes a los sitios de Zaragoza, amenazados por el tifus y las epidemias, tuvieron que someterse a las nuevas autoridades y soportar duras humillaciones.

La defensa de la ciudad despertó la admiración del propio mariscal Lannes, como atestigua una carta que envió a Napoleón el 6 de marzo de 1809, en la que decía lo siguiente:

“Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestros enemigos en la defensa de esta plaza. Las mujeres se dejan matar delante de la brecha. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una guerra que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueven sobre ella las bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a sus defensores… ¡Qué guerra! ¡Qué hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos furiosos! Esto es terrible. La victoria da pena”.

El mariscal Lannes falleció el 29 de mayo de 1809 por las heridas causadas por una bala de cañón en la Batalla de Aspern-Essling contra el ejército austríaco. Napoleón mandó enterrar su cuerpo en el Panteón de París y grabar su nombre en el Arco del Triunfo.

Las tropas francesas permanecerían en Zaragoza hasta el 2 de agosto de 1813, cuando se rendía el último reducto del Palacio de la Aljafería al comandante español Francisco Espoz y Mina.

Dirección: En una de las paredes del Molino de Casablanca, en el entorno del Parque de los Incrédulos