Hay calles que invitan al silencio y otras que laten con vida y trasiego, como es el caso de Conde Aranda, vía dedicada al noble Pedro Pablo Abarca de Bolea, que une César Augusto y El Coso con el Paseo de María Agustín y la Avenida de Madrid.
Conde de Aranda tiene su ritmo, y todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo siente. Por lo general, es lento, sobre todo al amanecer, cuando la calle se estira como un gato perezoso y nocturno que le protesta al sol por adelantado.
La calle Conde de Aranda invita a resolver cualquier gestión diaria: desde comprar y tomar un café hasta recargar el móvil, cambiar dinero o cortarse el pelo.

En Conde de Aranda hay boutiques, bazares, joyeros y relojeros, gente que se sienta en los muros bajos a mirar a los demás, esa que no se cansa de pasar, echando un vistazo a los escaparates, comparando precios o simplemente refrescando la mirada.

La calle tiene su origen a comienzos del siglo XX, cuando se proyectó abrir y prolongar la calle del Portillo hasta el Coso, según el plan de José de Yarza Echenique (1915). La reforma exigía expropiar parte del Colegio de las Escuelas Pías, lo que retrasó la obra más de 20 años, y la calle no se concluyó hasta bien entrados los años 50.

Conde Aranda es una calle con vocación de avenida, jalonada de edificios protegidos –en su mayor parte por su interés ambiental–, rodeada de atractivos culturales como la iglesia de San Pablo, el Museo del Fuego, la Plaza de Toros o la Iglesia del Portillo.





Por su interés arquitectónico, destaca la casa que en 1938 presentó la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, obra del arquitecto Teodoro Ríos. Este edificio, exponente de la arquitectura clasicista, sobresale por su torreón coronado por una cúpula inspirada en San Pedro del Vaticano y San Pedro Borromeo de Viena. Hoy alberga una oficina de Ibercaja.

En la glorieta donde confluyen César Augusto y Conde de Aranda, un pequeño monumento recuerda al X Conde de Aranda (1719–1798), noble, militar y estadista ilustrado, figura clave de la Ilustración española y promotor de la modernización de Aragón.

A veces no planeas pasar por Conde de Aranda, pero acabas recorriéndola como si fuera un camino inevitable, absorbiendo la vida que late en cada esquina. Entre negocios y terrazas, la gente se detiene, curiosea escaparates, entra en la tienda equivocada o se suma al grupo frente a un local. Conde Aranda nunca deja de sorprender.

En el número 30, el restaurante nicaragüense Valió la pena, de Lester Gaitán, sirve la cocina más auténtica de su país, fruto de una trayectoria que lo llevó por Costa Rica, México y EE. UU. antes de llegar a Zaragoza.
A pocos pasos, en el 28 de la calle Boggiero, está el histórico Oasis Club Teatro, inaugurado en 1917 como el primer cabaret de la ciudad, hoy convertido en discoteca y sala de conciertos.

Eso –y mucho más– es Conde de Aranda: una calle donde puedes perderte y vivir una aventura, un instante de locura o un remanso de paz, según la hora del día. Siempre llena de gente de todas las edades, es el lugar perfecto para empaparse del ambiente único del centro de Zaragoza y recorrer una de sus calles más emblemáticas y llenas de vida.


