Su enorme tamaño, su espectacular torre mudéjar de más de 65 metros, el retablo mayor de Damián Forment, sus diferentes portadas y la vinculación del templo con el origen del popular nombre de «el Gancho» convierten a San Pablo en una de las grandes joyas patrimoniales del casco histórico zaragozano.
Su historia comienza poco después de la conquista cristiana de Zaragoza y está directamente relacionada con el crecimiento de uno de los barrios más importantes de la ciudad medieval.
Alfonso I el Batallador conquistó la Zaragoza musulmana en el año 1118 y, poco tiempo después, la devoción popular llevó a construir más allá de las murallas de la ciudad una modesta ermita románica dedicada a San Blas.
Aquella pequeña construcción religiosa se encontraba fuera del núcleo urbano, en una zona todavía dominada por campos, caminos y vegetación.
La pasión por aquel eremitorio fue creciendo durante todo el siglo XII, pese a que llegar hasta allí no resultaba especialmente sencillo.
Desde la zona que actualmente ocupa la avenida César Augusto partían caminos de tierra que coincidían aproximadamente con las actuales calles de Iglesia de San Pablo, San Blas o Las Armas.
El entorno estaba muy condicionado por la proximidad de la ribera del Ebro y abundaban cañizos, aneas, hierbas y otras especies propias de terrenos húmedos.
Para avanzar por aquellos caminos podía resultar útil llevar una pequeña hoz con la que despejar la vegetación.
De aquella circunstancia nació una de las tradiciones más conocidas del barrio.
La pequeña hoz utilizada para abrir camino tenía una característica forma curvada y acabó siendo conocida popularmente como gancho.
Con el paso del tiempo este elemento terminó convirtiéndose en uno de los símbolos del barrio de San Pablo, que todavía hoy es conocido por muchos zaragozanos como «el Gancho».
La tradición ha sobrevivido durante siglos y el gancho continúa teniendo presencia simbólica en celebraciones y actos vinculados al barrio.
De esta forma, el nombre de una de las zonas históricas más conocidas de Zaragoza está relacionado con aquellos primeros caminos que atravesaban la vegetación extramuros para llegar hasta la antigua ermita de San Blas.
La popularidad de la ermita aumentó progresivamente durante el siglo XII.
Al mismo tiempo comenzaron a establecerse viviendas alrededor del templo y el pequeño núcleo fue creciendo hasta convertirse en uno de los principales barrios situados fuera de las antiguas murallas.
Durante la Edad Media el barrio de San Pablo llegó a convertirse en uno de los sectores más poblados y dinámicos de Zaragoza.
Su crecimiento hizo necesario transformar también el antiguo edificio religioso.
La pequeña ermita fue adquiriendo rango parroquial y terminó cambiando su advocación de San Blas a San Pablo.
La importancia social, económica y demográfica del barrio explica las extraordinarias dimensiones que alcanzaría posteriormente el nuevo templo.
Aunque Zaragoza cuenta oficialmente con dos catedrales —La Seo y la Basílica del Pilar—, tradicionalmente se ha hablado de la iglesia de San Pablo como la «tercera catedral de Zaragoza».
El sobrenombre está relacionado tanto con su importancia histórica y religiosa como con sus extraordinarias dimensiones.
El edificio alcanza prácticamente 100 metros de longitud y aproximadamente 20 metros de altura en su interior.
Estas proporciones resultan especialmente llamativas para una iglesia parroquial y permiten comprender la importancia que alcanzó el barrio durante la Zaragoza medieval.

En 1284 se derribó la antigua ermita para comenzar la construcción de la actual iglesia de San Pablo.
No obstante, el edificio que contemplamos actualmente es resultado de numerosas transformaciones realizadas durante varios siglos.
La planta original del siglo XIV correspondía a un templo de una única nave dividida en cuatro tramos, con capillas situadas entre los contrafuertes y una cabecera poligonal.
Posteriormente se fueron incorporando nuevas dependencias, capillas y naves.
Entre los siglos XIV y XV se añadieron naves laterales alrededor de la construcción original, creando un deambulatorio alrededor de la cabecera y un atrio en la zona de los pies donde quedó integrada la torre.
Entre los siglos XVI y XVIII continuaron las ampliaciones mediante la construcción de diferentes capillas laterales.
Esta larga evolución explica que San Pablo sea hoy una auténtica combinación de estilos y épocas, con elementos góticos, mudéjares, renacentistas y barrocos.
Uno de los elementos más reconocibles de la iglesia es su torre octogonal mudéjar.
Con más de 65 metros de altura, sobresale claramente sobre los tejados del barrio y constituye uno de los grandes referentes visuales del casco histórico.
Su estructura encuentra inspiración en los antiguos alminares almohades y responde a una tipología muy característica del mudéjar aragonés.
La torre está decorada mediante ladrillo resaltado, motivos geométricos y elementos propios de una tradición artística que combina influencias islámicas con funciones y usos cristianos.
Es uno de los grandes referentes del arte mudéjar de Zaragoza y también uno de los elementos más espectaculares del conjunto.
Desde sus zonas superiores se obtiene además una extraordinaria perspectiva del barrio de San Pablo y del casco histórico zaragozano.
Otro de los aspectos más interesantes del exterior es la variedad de sus accesos.
La evolución del edificio durante varios siglos provocó que sus diferentes puertas respondan a épocas y estilos distintos.
Entre ellas destacan especialmente la Puerta de San Pablo, la Puerta de la Tramontana, la Puerta del Fosal y otros accesos vinculados a la larga historia del templo.
En el lado sur se encuentra la Puerta de San Pablo o puerta principal.
Es la entrada más monumental del conjunto.

La portada presenta un gran arco de medio punto y una composición monumental culminada por una hornacina superior.
Su aspecto refleja las sucesivas reformas realizadas en el templo y constituye actualmente uno de los accesos más reconocibles de la iglesia.
En el lado norte se encuentra la conocida como Puerta de la Tramontana o del Santo Cristo.
Se trata de una portada de tradición gótica y constituye otro de los accesos históricos del templo.

En su decoración aparecen diferentes representaciones religiosas vinculadas a Cristo, la Virgen, San Blas, San Juan y otros santos.
El conjunto aparece además flanqueado por imágenes de San Pedro y San Pablo.
En 1587 se abrió otro de los accesos históricos de la iglesia: la Puerta del Fosal.
Su nombre está relacionado con el antiguo cementerio que existía en este entorno.
También fue conocida como Puerta de los Ajusticiados, denominación que recuerda otros usos y episodios históricos vinculados al barrio y al templo.

La variedad de estas portadas permite comprobar cómo la iglesia fue creciendo y modificándose durante siglos.
Si el exterior destaca especialmente por su torre mudéjar, en el interior se conserva uno de los grandes tesoros artísticos de San Pablo.
Se trata del retablo mayor, obra del prestigioso escultor Damián Forment.
Fue realizado entre 1511 y 1521, en un momento de transición entre las formas tardogóticas y la llegada de las nuevas tendencias renacentistas.

Damián Forment fue uno de los escultores fundamentales del Renacimiento en la Corona de Aragón y trabajó también en otros grandes conjuntos religiosos.
El retablo de San Pablo constituye una de sus obras destacadas y uno de los elementos imprescindibles durante cualquier visita al templo.
El altar conserva además un extraordinario frontal de plata del siglo XVIII.
Esta pieza constituye otra de las grandes joyas del patrimonio artístico de la iglesia.
Su ornamentación combina motivos religiosos y una cuidada labor de platería, reflejo de la importancia que continuó teniendo San Pablo durante la Edad Moderna.
Junto a él se conserva también un sagrario con óculo, formando uno de los conjuntos litúrgicos más destacados del interior.
En el lado opuesto de la nave se encuentra el coro.
Su sillería de madera pertenece al siglo XVI y constituye otro de los elementos históricos de mayor interés.
Pero uno de sus detalles más curiosos está relacionado con la familia de Francisco de Goya.
La sillería está protegida por una gran reja de bronce cuya ornamentación fue dorada por José Benito de Goya, padre del célebre pintor aragonés.
José Benito de Goya trabajó como dorador y realizó numerosos encargos para iglesias y edificios religiosos.
Su intervención en San Pablo constituye así una interesante conexión entre uno de los grandes templos históricos de Zaragoza y la familia del artista aragonés más universal.

La iglesia de San Pablo no puede entenderse separada del barrio que creció alrededor de ella.
Aquella pequeña ermita situada fuera de las murallas acabó convirtiéndose en el corazón religioso, social y urbano de uno de los sectores más importantes de la Zaragoza medieval.
Durante siglos, comerciantes, artesanos y vecinos desarrollaron su vida alrededor de la parroquia.
La iglesia fue creciendo al mismo ritmo que el barrio y terminó alcanzando unas dimensiones extraordinarias.
El recuerdo de aquellas primeras personas que atravesaban caminos cubiertos de vegetación para acudir hasta la antigua ermita de San Blas permanece todavía vivo en el nombre popular de «el Gancho».
El extraordinario valor de la iglesia no se limita a su importancia para la historia de Zaragoza.
Su arquitectura mudéjar forma parte de uno de los grandes conjuntos patrimoniales de Aragón.
En 2001 la iglesia de San Pablo fue incluida en la declaración del arte mudéjar aragonés como Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Su espectacular torre constituye uno de los ejemplos más destacados de este lenguaje artístico y permite comprender la enorme importancia que tuvo el mudéjar en la arquitectura medieval aragonesa.
La historia de San Pablo comienza con una pequeña ermita situada entre campos y caminos fuera de las murallas y termina con uno de los templos más monumentales de Zaragoza.
Más de ocho siglos de ampliaciones y transformaciones han convertido el edificio en un auténtico recorrido por la historia del arte de la ciudad.
La torre mudéjar, las diferentes portadas, el retablo de Damián Forment, el frontal de plata, el coro y la conexión con José Benito de Goya son solo algunos de sus principales atractivos.
A todo ello se suma su estrecha relación con la historia del barrio de San Pablo y con una de las denominaciones populares más conocidas de Zaragoza: el Gancho.
Por sus dimensiones, su historia y su riqueza artística, resulta fácil entender por qué generación tras generación los zaragozanos han seguido refiriéndose a San Pablo como la «tercera catedral» de Zaragoza.
Dirección: Calle San Pablo 42, Zaragoza

