Paseando por el Paseo Ruiseñores no es difícil descubrir fachadas con formas dinámicas y asimétricas, coronaciones majestuosas y decoraciones fantasiosas esculpidas en piedra, cerámica y hierro forjado.

Enmarcan portales que dan paso a un universo interior a menudo todavía más fantasioso y sorprendente: vestíbulos comunitarios que se abren como la antesala de los pisos de los propietarios y que demuestran la riqueza y el gusto de las familias que los encargaron.

Son espacios no siempre fáciles de visitar, porque la mayoría son particulares, y meter la cabeza es todo un reto que, si se supera, tiene premio. No obstante, los residentes se sienten muy orgullosos de sus hogares y a veces permiten que los viajeros entren. Algunos han conservado el mobiliario original, que todavía utilizan diariamente.

Zaragoza en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX comienza a vivir una expansión urbanística sin precedentes. Nuevas zonas de ensanche nacen, debido al crecimiento de la industria y de la población, a partir de las vías de comunicación marcadas por las carreteras y por las líneas de tranvía que sirven de enlace entre el centro y los barrios surgidos en la periferia.

En el último tramo del paseo de Sagasta, entre la acequia de San José que daba acceso al camino de las Torres y al comienzo de la subida de Cuéllar, se ubicaba la casa del escultor Carlos Palao en el actual número 76 y la desaparecida litografía de Portabella, que estaba ubicada en la esquina con el paseo de Ruiseñores y frente a la avenida del Siglo XX, que era así como se conocía al actual andador del parque de Pignatelli que surge paralelo a los depósitos de agua.

El Paseo de Ruiseñores constituía, a comienzos del siglo XX, una prolongación natural del Paseo de Sagasta, en aquel momento la avenida favorita de las familias burguesas y aristocráticas zaragozanas. En 1903, se procedió a la parcelación del Paseo de Ruiseñores y de inmediato comenzó la construcción de una fantástica colección de villas y chalés modernistas.

Templete de acceso a Villa Clara, en el número 37 del Paseo Ruiseñores

Templete de acceso a Villa Clara, en el número 37 del Paseo Ruiseñores

En muchos casos no se trataba de primeras viviendas, sino de segundas residencias destinadas al recreo o al descanso.

En el paseo de Ruiseñores se construyeron, entre 1910 y 1925, los hoteles del arquitecto Miguel Angel Navarro (1914-1919) y del empresario textil Raimundo Balet (1919), además de otros como los de los señores Peirón, Carboné, Fernández, Escudero, Abós, Taberner, Aguado… de los casi nada queda ya.

Constituyeron en su momento un animado y alegre conjunto de viviendas unifamiliares caracterizado por su gran heterogeneidad formal, siempre proclive a decantarse por las propuestas arquitectónicas más avanzadas y a la moda del momento.

A mediados del siglo XX desaparecieron la mayoría de las villas y hoteles construidos en el paseo de Ruiseñores y su entorno. Fatalmente, coincidió el desarrollismo impulsado por las autoridades, la especulación urbanística de constructores –ávidos de solares bien situados- y una burguesía en decadencia económica que, lejos del interés artístico y patrimonial de sus ascendientes, solo reparaba en el dinero fácil.

Villa Alta y Villa Rosita son prácticamente los últimos restos de este conjunto arquitectónico de gran interés que han llegado hasta nosotros. Villa Alta y Villa Rosita son dos de los seis chalés construidos en los primeros años del siglo XX en unos amplios terrenos propiedad de Magdalena Sagristán y proyectados por el ingeniero Manuel Isasi Isasmendi.

En el número 37 del Paseo Ruiseñores se encuentra el hotel de la familia Ostalé, conocido como Villa Alta.

Fue construido entre 1912 y 1915, la edad de oro del modernismo local. Su magnitud, su esplendorosa fachada y tesoros artísticos que escondía en su interior no fueron suficientes para salvarse de su trágico final.

Villa Alta fue el último chalé de los construidos originalmente en la parcelación del barrio de Ruiseñores en ser destruido. Durante años permaneció en el abandono, lo que justificó su derribo ilegal en 1994.

Con él se ampliaba la larga y tristenómina de desatinos urbanísticos y de derribos indiscriminados que la ciudad de Zaragoza ha tenido que soportar a lo largo de su historia más reciente y que han ocasionado la merma de su patrimonio arquitectónico y artístico.

El arquitecto responsable argumentó que el derribo “no fue deliberado”, que su intención era “rehabilitar la casa”, pero que su estado de “auténtico peligro” motivó el derribo “por seguridad”.

Ante el revuelo levantado, Villa Alta fue reconstruida siguiendo sus líneas generales. De la obra original sólo se conservan la valla de la calle y el templete de acceso.

el hotel de la familia Ostalé, conocido como Villa Alta

Villa Alta en la actualidad, tras su reconstrucción en 1994

El número 37 del Paseo Ruiseñores en la actualidad

El templete de Villa Alta fue uno de los pocos elementos originales no piqueteados en 1994

El cerramiento exterior de Villa Alta se conserva de la obra original

El cerramiento exterior de Villa Alta se conserva de la obra original

En el número 39 del Paseo Ruiseñores se encuentra Villa Rosita. Fue proyectada por Manuel Isasi Isasmendi en 1903 y posteriormente ha sufrido numerosas reformas, algunas muy sustanciales, como la de 1919 a cargo de Miguel Ángel Navarro Pérez.

El otrora Colegio de Santo Tomás de Aquino, todavía conserva un espectacular torreón modernista en esquina y cupulado con trozos cerámicos al modo del trencadis de la arquitectura catalana de Gaudí y Jujol, con un mirador de hierro y cristal en el lado opuesto, mientras que su fachada principal se encuentra camuflada por una remonta y una parada de autobús.

Dirección: Números 37 y 39 del Paseo Ruiseñores, Zaragoza