El Paseo de Sagasta nació en el año 1900, como resumió el historiador Valeriano Bozal en su libro Historia del arte de España: “del deseo de la burgués de establecer áreas diferenciadas socialmente dentro de Zaragoza”.

El origen del paseo de Sagasta es el camino que iba hacia Torrero desde la Puerta de Santa Engracia cruzando el río Huerva. Después de los Sitios, la ciudad comenzó a extenderse por el camino de Torrero. Por aquel entonces en el camino sólo había algunas torres de recreo y pequeñas industrias instaladas en los alrededores del río.

El paseo de Sagasta es una de las principales avenidas del centro de Zaragoza y se extiende desde la Plaza de Paraíso hasta el Paseo Cuéllar. Caminando por el Paseo Sagasta, uno se encuentra de repente inmerso en lo que podría equivaler a la típica calle comercial de cualquier pequeña ciudad, con la particularidad de que la más humilde de las tiendas puede ser una espectacular obra arquitectónica con detalles modernistas o preciosas tipografías antiguas.

Es uno de esos sitios donde parece que el tiempo se haya detenido años atrás, cuando todo era más sencillo y la gente no tenía tanta prisa.

Sagasta es un bulevar, repleto de comercios que van desde mercados, restaurantes y bares de exuberante ambiente musical hasta ferias de artesanos, farmacias, tiendas de suvenires, librerías, bibliotecas, centros culturales y museos.

Mientras tanto, lado a lado la vida pasa. Y es que cuando andamos por Sagasta, el tiempo parece detenerse, el aire es más fresco y desaparecen las preocupaciones.

Los árboles del paseo de Sagasta forman una capilla sixtina, crecen en dos filas paralelas convirtiendo el paseo en una lengua de sombra –que tanto se agradece en agosto- un rastro custodiado por ese verde que crece a uno y otro lado extendiendo sus ramas cual brazos largos que, al encontrarse, se tocan con la punta de un dedo.

Posee una rambla central por donde caminan a diario miles de transeúntes; niñas, niños y adolescentes montan patines, corren y saltan la cuerda; los enamorados se dan cita; ancianos se sientan a conversar, leer el periódico o distraerse con juegos de mesa a la sombra de los laureles; grupos de turistas curiosos miran hacia todas partes; artistas y artesanos exponen y venden sus creaciones.

El Paseo Sagasta comenzó a construirse a principios del XX y muy pronto se convirtió en el bulevar preferido por las familias burguesas y aristocráticas zaragozanas para edificar sus mansiones.

En ese periodo Zaragoza era una ciudad moderna, con barrios muy bien delimitados y un centro histórico y unos ensanches donde la nueva burguesía construía sus viviendas. Un periodo de entusiasmo que se reflejó en la imagen de la capital. El modernismo empezó a desarrollarse en Zaragoza en los primeros años de la década de 1900 y duró solo unos diez años.

A la izquierda se levantaron bloques de viviendas de alquiler y de plantas ‘principales’ donde residían los propietarios y a la derecha, pequeños hoteles y chalés modernistas.

Antigua clínica del Doctor Lozano

Fachada de la antigua clínica del Doctor Lozano (Calle Lagasca esquina con Paseo Sagasta)

Más que modernista, el paseo de Sagasta se convirtió en un conjunto ecléctico, con la Casa Juncosa (número 11), diseñada por José de Yarza Echenique; la Casa Retuerta (número 13) de Juan Francisco Gómez Pulido proyectada en 1904; la Casa de Manuel López Florez (número 17) de 1903 del arquitecto Félix Navarro Pérez, la Casa Corsini (número 19) del año 1904, también de Juan Francisco Gómez Pulido; y la Casa Palao del año 1912 diseñada por Miguel Ángel Navarro.

Vista de la Casa Retuerta desde el Paseo Sagasta

La Casa Retuerta, proyectada por el arquitecto Juan Francisco Gómez Pulido en 1904

También se ubicaron en esta zona dos importantes centros educativos: el colegio del Salvador de los jesuitas y el colegio del Sagrado Corazón.

Más tarde, en 1936 se construyó el edificio de la Confederación Hidrográfica del Ebro obra de Regino Borobio y José Borobio, ubicado en el número 24 del paseo.

Bajorrelieve de Félix Burriel en la fachada de la Sede de la Confederación Hidrográfica del Ebro

Bajorrelieve en la fachada de la sede de la Confederación Hidrográfica del Ebro (número 24)

El actual paseo de Sagasta ha tenido varios nombres a lo largo de su historia. Tradicionalmente, y hasta que se urbanizó, se denominó Camino de Torrero, por ser la vía que comunicaba el centro de Zaragoza, con el barrio de Torrero. A principios del siglo XX se llamó paseo de Sagasta hasta que, tras la Guerra Civil, pasó a denominarse paseo del General Mola. Tras el restablecimiento de la democracia, el paseo volvió a recuperar su antiguo nombre, paseo de Sagasta.

A veces los negocios le roban lugar y es cuando aparecen mesas y sillas para detenerse a comer o tomar algo.

A veces uno no se dirige precisamente al paseo de Sagasta, a veces uno va para otro lado, a otra plaza, a otra gestión, a veces por ahí se hace más lejos pero igual uno toma el paseo de Sagasta, como si fuera un recorrido obligatorio o una suerte de apremio por llenarse de la vida que recorre ese paseo de un extremo a otro.

Los árboles del paseo Sagasta forman una capilla sixtina, crecen en dos filas paralelas convirtiendo el paseo en una lengua de sombra –que tanto se agradece en agosto- un rastro custodiado por ese verde que crece a uno y otro lado extendiendo sus ramas cual brazos largos que, al encontrarse, se tocan con la punta de un dedo.

Por el centro del paseo uno camina a sus anchas, como un explorador oteando los bancos como escondrijos oportunos para los amantes, los viejos, los trafagadores de todo tipo de cosas.

Sagasta es un bulevar, repleto de comercios que van desde mercados, restaurantes y bares hasta farmacias, tiendas de suvenires, librerías, bibliotecas y centros culturales.

Es un lugar muy agradable y alegre en el que sentarse a media tarde a contemplar tranquilamente el bullicio de una de las mayores arterias comerciales y turísticas de la capital.

Eso (y muchísimo más) es Sagasta: un lugar donde es fácil perderse y sentirte dentro de una aventura, una locura y un remanso de paz, todo depende de donde estés y del momento del día.

Siempre está lleno de gente de todas las edades, por lo que es un gran lugar para experimentar la atmósfera incomparable del centro de la ciudad.