Las primeras noticias sobre el Paseo Fernando el Católico se remontan al siglo XVIII, cuando el moderno barrio que hoy encontramos no era más que un tupido bosque de maderas preciosas muy cerca del río Huerva.

Por aquellos tiempos le decían el camino de Teruel y Alicante. Nadie podía imaginar entonces que una vía polvorienta se convertiría en el trazado más importante de la futura Zaragoza.

Los puntos más fascinantes de este bulevar que une el centro de la ciudad con el Parque Grande José Antonio Labordeta, están al inicio y al final.

plaza de san francisco fernando elcatolico de zaragoza

El Paseo nace en una amplia plazoleta donde confluyen la Avenida Goya y la Gran Vía (notable por su elegancia y la belleza de sus edificios patrimoniales).

En este punto se encuentra la manzana Barbany (que fue la primera de las grandes promociones urbanas de la ciudad), uno de los grandes conjuntos urbanos de la posguerra diseñado por Miguel Angel Navarro en 1940.

Unos kilómetros tierra adentro, donde expira el Paseo, desde el soberbio puente de los Cantautores (inaugurado en 1929 y primero de su tipo construido en la ciudad), es posible divisar el estrecho y apacible río Huerva, con sus riberas tupidas de vegetación a pesar del feroz avance de la ciudad.

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Siglos de contaminación no impiden que la zona se considere como uno de los pulmones verdes de Zaragoza y, justo bajo el puente, el Parque Grande invita a niños y adultos a las más tradicionales diversiones y los paseos en bicicleta.

En el Paseo Fernando el Católico conviven, en arbitraria armonía, casi todos los estilos arquitectónicos que existen en Zaragoza.

Si solamente te interesa cenar, manténgase en el mismo paseo hasta llegar al monumento a Fernando el Católico. Entre los más económicos espacios, te sugerimos el London, el Tuno o La Feria, ubicados justo al lado del Campus Universitario de la Plaza San Francisco.

Centro del bulevar del Paseo Fernando el Católico

Los árboles del paseo Fernando el Católico forman una capilla sixtina, crecen en dos filas paralelas convirtiendo el paseo en una lengua de sombra –que tanto se agradece en agosto- un rastro custodiado por ese verde que crece a uno y otro lado extendiendo sus ramas cual brazos largos que, al encontrarse, se tocan con la punta de un dedo.

Posee una rambla central por donde caminan a diario miles de transeúntes; niñas, niños y adolescentes montan patines, corren y saltan la cuerda; los enamorados se dan cita; ancianos se sientan a conversar, leer el periódico o distraerse con juegos de mesa a la sombra de los laureles; grupos de turistas curiosos miran hacia todas partes; artistas y artesanos exponen y venden sus creaciones.

Mientras tanto, lado a lado la vida pasa. Y es que cuando andamos por Fernando el Católico, el tiempo parece detenerse, el aire es más fresco y desaparecen las preocupaciones.

A veces uno no se dirige precisamente al paseo Fernando el Católico, a veces uno va para otro lado, a otra plaza, a otra gestión, a veces por ahí se hace más lejos pero igual uno toma el paseo de Sagasta, como si fuera un recorrido obligatorio o una suerte de apremio por llenarse de la vida que recorre ese paseo de un extremo a otro.

Fernando el Católico es un bulevar, repleto de comercios que van desde mercados, restaurantes y bares hasta farmacias, tiendas de suvenires, librerías, bibliotecas y centros culturales.

Es un lugar muy agradable y alegre en el que sentarse a media tarde a contemplar tranquilamente el bullicio de una de las mayores arterias comerciales y turísticas de la capital.