Los árboles del paseo de la Constitución forman una capilla sixtina, crecen en dos filas paralelas convirtiendo el paseo en una lengua de sombra –que tanto se agradece en agosto- un rastro custodiado por ese verde que crece a uno y otro lado extendiendo sus ramas cual brazos largos que, al encontrarse, se tocan con la punta de un dedo.

Posee una rambla central por donde caminan a diario miles de transeúntes; niñas, niños y adolescentes montan patines, corren y saltan la cuerda; los enamorados se dan cita; ancianos se sientan a conversar, leer el periódico o distraerse con juegos de mesa a la sombra de los laureles; grupos de turistas curiosos miran hacia todas partes; artistas y artesanos exponen y venden sus creaciones.

Mientras tanto, lado a lado la vida pasa. Y es que cuando andamos por Constitución, el tiempo parece detenerse, el aire es más fresco y desaparecen las preocupaciones.

Constitución es un bulevar, repleto de comercios que van desde mercados, restaurantes y bares hasta farmacias, tiendas de suvenires, librerías, bibliotecas y centros culturales.

A veces uno no se dirige precisamente al paseo de la Constitución, a veces uno va para otro lado, a otra plaza, a otra gestión, a veces por ahí se hace más lejos pero igual uno toma el Paseo de la Constitución, como si fuera un recorrido obligatorio o una suerte de apremio por llenarse de la vida que recorre ese paseo de un extremo a otro.

Es un lugar muy agradable y alegre en el que sentarse a media tarde a contemplar tranquilamente el bullicio de una de las mayores arterias comerciales y turísticas de la capital.