Enlace natural entre el centro de Zaragoza y el Canal Imperial, el Paseo de Cuéllar es una cuesta en forma de curva que en sus 650 metros de longitud no solo ‘abraza’ al Parque Pignatelli, sino que esconde historias, anécdotas y patrimonio de gran valor.

El origen del paseo se remonta a los siglos XVIII y XIX, como camino hacia el puerto de Torrero y el Canal. Allí había industrias, serrerías… era la continuación del actual Paseo de Sagasta.

En aquella época, en el terreno que hoy ocupa el Parque Pignatelli se ubicaban varias torres agrícolas, características de la capital aragonesa. También había chalets de la burguesía zaragozana, que los utilizaba para pasar los fines de semana y veranear.

Diseñado por el arquitecto municipal Ricardo Magdalena, el parque se ejecutó por fases y tardó décadas en adquirir su forma definitiva. La construcción de este pulmón verde, en el cambio de siglo, obligó a expropiar muchas de estas fincas, así como graveras e industrias.

En 1904, los jardines acogerían en su terreno el esperado monumento a Ramón Pignatelli, cuyo traslado se realizó antes de verano desde la Plaza de Aragón -su original emplazamiento– hasta este punto, siendo inaugurado con toda solemnidad el 17 de octubre del mismo año.

monumento a ramon pignatelli en zaragoza

Monumento a Ramón Pignatelli

En 1876 se construyeron los primeros depósitos que abastecieron de agua potable a la capital aragonesa. Fueron proyectados por el arquitecto municipal Ricardo Magdalena entre el final del Paseo Sagasta y el Canal Imperial a su paso por el Puente de América.

Hasta ese momento, el sistema de abastecimiento de agua se realizaba mediante cubos y peones, los llamados “aguadores” que se encargaban de su distribución.

El tranvía tuvo mucho que ver en la evolución de este espacio verde. A finales de 1929 se acuerda variar la línea tranviaria de Torrero, eliminando el carril que recorría el interior del parque Pignatelli desde 1885, para desplazarla a la prolongación natural del Paseo de Sagasta, es decir, por la Avenida del Siglo XX (denominación durante años del actual Paseo de Cuéllar) hasta la playa de Torrero.

En aquella época esta zona estaba especializada en el recreo de las clases adineradas. La parada del tranvía enlazaba con la góndola que llevaba a los pasajeros hasta la Quinta Julieta, Canal Imperial abajo, hacia San José. ¿Os imagináis ir en góndola por la Venecia zaragozana?

Góndola del Canal Imperial , 1900. Oscar Hauser y Adolfo Menet (Imagen: Archivo Histórico del Ayuntamiento de Zaragoza)

Góndola del Canal Imperial , 1900. Oscar Hauser y Adolfo Menet (Imagen: Archivo Histórico del Ayuntamiento de Zaragoza)

Pero el parque no es el único atractivo de Cuéllar. Cuenta con dos edificios residenciales catalogados (en los números 20 y 22), así como una de las iglesias más reconocibles de la ciudad, la de San Antonio de Padua. Construida en 1940 por el arquitecto navarro Víctor Eusa forma un conjunto arquitectónico con el Sagrario Militare Italiano, un mausoleo para las víctimas de aquel país durante la Guerra Civil española, en manos de los padres Capuchinos, que destaca por su aspecto de fortaleza.

Iglesia de San Antonio de Padua

Iglesia de San Antonio de Padua

Enfrente se encuentra el acuartelamiento de San Fernando. En esa acera –la de los impares– un poco más abajo, cuelga una curiosa placa en el portal número 43 donde se recuerda que allí se ubicaba el restaurante El Jardincillo, al que el rey emérito Juan Carlos I solía acudir en sus años en Zaragoza

El acuartelamiento de San Fernando

El acuartelamiento de San Fernando

A veces uno no se dirige precisamente al Paseo Cuéllar, a veces uno va para otro lado, a otra plaza, a otra gestión, a veces por ahí se hace más lejos pero igual uno toma el Paseo Cuéllar, como si fuera un recorrido obligatorio o una suerte de apremio por llenarse de la vida que recorre ese paseo de un extremo a otro.

En el número 20 se encuentra Pinilla, una de las panaderías artesanas por antonomasia de Zaragoza. Si en su local de la calle Zumalacarregui (donde se encuentra el horno y el obrador) ya eran toda una referencia en lo que a panadería artesanal se refiere, no es de extrañar la buena acogida que tuvo su desembarco en el número 20 del Paseo Cuéllar.

panaderia pinilla en paseo cuéllar

El amor por la tradición y la calidad del producto guían el trabajo diario de Marta Pinilla, responsable de este negocio. Grandes hogazas de pan elaborado con masa madre y cocido en horno de piedra como antaño presiden este local, paraíso de los amantes del pan de calidad y de quienes disfrutan probando variedades como panes de cebolla, olivas, espinacas, espelta, muesli o centeno y malta.

Eso (y muchísimo más) es el Paseo Cuéllar: un lugar donde es fácil perderse y sentirte dentro de una aventura, una locura y un remanso de paz, todo depende de donde estés y del momento del día.