Enlace natural entre el centro de Zaragoza y el Canal Imperial, el Paseo de Cuéllar es una cuesta en forma de curva que en sus 650 metros de longitud no solo ‘abraza’ al Parque Pignatelli, sino que esconde historias, anécdotas y patrimonio de gran valor.

El azote de la crisis económica hizo que numerosos locales bajaran la persiana en esta vía comercial. A pesar de todo sigue siendo una de las zonas más comerciales de Zaragoza y siempre está llena de gente de todas las edades. Siempre concurrida, siempre agitada, con gente que pasa sin apreciarla.

El Paseo de Cuéllar es una vía amplia, bien señalizada, de varias sendas, con separador, luminarias y pocos semáforos, lo que la convierte en un trayecto cómodo y rápido.

Persona paseando por la acera del Parque Pignatelli del Paseo CuéllarEl Paseo Cuéllar a la altura del Parque Pignatelli

Nota el bullicio, el claxon de los autos en estrepitosa sinfonía… Después dedica un momento a contemplar el entorno. No a la gente, no a los autos que pasan constantemente, no a los productos en la venta. Mira hacia los costados y mira hacia arriba. Descubre en medio del polvo de la vida constante, la diversidad de estilos arquitectónicos, la coexistencia de construcciones erguidas.

Evidentemente, en diferentes instantes, cada una de las construcciones ha sido testigo de fragmentos diversos de la historia de la ciudad, con disímiles funciones.

El origen del paseo se remonta a los siglos XVIII y XIX, como camino hacia el puerto de Torrero y el Canal. Allí había industrias, serrerías… era la continuación del actual Paseo de Sagasta.

acera en el paseo cuellar zaragozacalzada del paseo cuellarel paseo cuellar a su paso por la iglesia de san antonio

En aquella época, en el terreno que hoy ocupa el Parque Pignatelli se ubicaban varias torres agrícolas, características de la capital aragonesa. También había chalets de la burguesía zaragozana, que los utilizaba para pasar los fines de semana y veranear.

Diseñado por el arquitecto municipal Ricardo Magdalena, el parque se ejecutó por fases y tardó décadas en adquirir su forma definitiva. La construcción de este pulmón verde, en el cambio de siglo, obligó a expropiar muchas de estas fincas, así como graveras e industrias.

En 1904, los jardines acogerían en su terreno el esperado monumento a Ramón Pignatelli, cuyo traslado se realizó antes de verano desde la Plaza de Aragón -su original emplazamiento– hasta este punto, siendo inaugurado con toda solemnidad el 17 de octubre del mismo año.

monumento a ramon pignatelli en zaragoza

Monumento a Ramón Pignatelli

En 1876 se construyeron los primeros depósitos que abastecieron de agua potable a la capital aragonesa. Fueron proyectados por el arquitecto municipal Ricardo Magdalena entre el final del Paseo Sagasta y el Canal Imperial a su paso por el Puente de América.

Hasta ese momento, el sistema de abastecimiento de agua se realizaba mediante cubos y peones, los llamados “aguadores” que se encargaban de su distribución.

Debido a su calidad arquitectónica, a las posibilidades espaciales y al atractivo visual que ofrecían los depósitos soterrados, en los años 80 del siglo XX fueron restaurados y utilizados como espacio expositivo.

Pero el proyecto no terminó de cuajar y en 2005 el espacio se volvió a cerrar al uso público.

En 2019 el Ayuntamiento de Zaragoza decidió dar una nueva oportunidad a esta antigua obra de ingeniería hidráulica. Fue entonces cuando los viejos depósitos del Parque Pignatelli se reabrieron bajo el nombre de Espacio Pignatelli.

Exposición en los antiguos depósitos del Parque Pignatelli

Exposición en los antiguos depósitos del Parque Pignatelli

Muy cerca se ubica Villa Luna, una casa proyectada por el arquitecto zaragozano Francisco Albiñana en 1924 que acusa el paso del tiempo. En la puerta de Villa Luna hay dos pentagramas de Beethoven y Wagner, que se dibujan sobre los rostros en relieve de estos compositores. Una ‘A’ y ‘P’ rematan la puerta, ahora víctima de grafitis.

La ‘A’ y la ‘P’ coinciden con las iniciales del promotor: Andrés Peralta. El por qué de las partituras se podría vincular supuestamente a su profesión, músico.

Pentagramas de Beethoven y Wagner y rostros en relieve de estos compositores en la puerta de Villa Luna

Pentagramas de Beethoven y Wagner y rostros en relieve de estos compositores en la puerta de Villa Luna

El tranvía tuvo mucho que ver en la evolución del Parque Pignatelli. A finales de 1929 se acuerda variar la línea tranviaria de Torrero, eliminando el carril que recorría el interior de este espacio verde desde 1885, para desplazarla a la prolongación natural del Paseo de Sagasta, es decir, por la Avenida del Siglo XX (denominación durante años del actual Paseo de Cuéllar) hasta la playa de Torrero.

En aquella época esta zona estaba especializada en el recreo de las clases adineradas. La parada del tranvía enlazaba con la góndola que llevaba a los pasajeros hasta la Quinta Julieta, Canal Imperial abajo, hacia San José. ¿Os imagináis ir en góndola por la Venecia zaragozana?

Góndola del Canal Imperial , 1900. Oscar Hauser y Adolfo Menet (Imagen: Archivo Histórico del Ayuntamiento de Zaragoza)

Góndola del Canal Imperial , 1900. Oscar Hauser y Adolfo Menet (Imagen: Archivo Histórico del Ayuntamiento de Zaragoza)

Unos metros más arriba se encuentra una de las iglesias más reconocibles de la ciudad, la de San Antonio de Padua. Construida en 1940 por el arquitecto navarro Víctor Eusa forma un conjunto arquitectónico con el Sagrario Militare Italiano, un mausoleo para las víctimas de aquel país durante la Guerra Civil española, en manos de los padres Capuchinos, que destaca por su aspecto de fortaleza.

Iglesia de San Antonio de Padua

Iglesia de San Antonio de Padua

Justo enfrente se sitúa el acuartelamiento de San Fernando. En su interior se encuentra la iglesia de San Fernando, edificada en 1799 bajo la dirección del arquitecto Tiburcio del Caso, alumno de la Academia de San Luis.

Francisco de Goya fue el encargado de decorar los altares con tres cuadros: la “Aparición de San Isidoro a San Fernando”, “San Hermenegildo en prisión” y “Santa Isabel curando a una enferma” que fueron sustraídas por las tropas francesas durante los Sitios de Zaragoza y no han vuelto a ser localizadas.

La Iglesia de San Fernando

En esa acera -la de los impares- un poco más abajo, cuelga una curiosa placa en el portal número 43 donde se recuerda que allí se ubicaba el restaurante El Jardincillo, al que el rey emérito Juan Carlos I solía acudir en sus años en Zaragoza

En el número 20 está Pinilla, una de las panaderías artesanas por antonomasia de Zaragoza. Si en su local de la calle Zumalacárregui (donde se encuentra el horno y el obrador) ya eran toda una referencia en lo que a panadería artesanal se refiere, no es de extrañar la buena acogida que tuvo su desembarco en el número 20 del Paseo Cuéllar.

panaderia pinilla en paseo cuéllar

El amor por la tradición y la calidad del producto guían el trabajo diario de Marta Pinilla, responsable de este negocio. Grandes hogazas de pan elaborado con masa madre y cocido en horno de piedra como antaño presiden este local, paraíso de los amantes del pan de calidad y de quienes disfrutan probando variedades como panes de cebolla, olivas, espinacas, espelta, muesli o centeno y malta.

Un poco más adelante aparece el Puente de América, un puente de principios del siglo XX que une las dos márgenes del Canal Imperial, en concreto el paseo de Cuéllar con la avenida de América.

Vista del Canal Imperial desde el Puente de América

Vista del Canal Imperial desde el Puente de América

Eso (y muchísimo más) es el Paseo Cuéllar: un lugar donde es fácil perderse y sentirte dentro de una aventura, una locura y un remanso de paz, todo depende de donde estés y del momento del día.