Pocos monumentos permiten recorrer tantos siglos de la historia de Zaragoza y Aragón bajo un mismo techo como el Palacio de la Aljafería. Palacio islámico, residencia de los reyes de Aragón, escenario de ceremonias reales, sede de la Inquisición, fortaleza, cuartel militar y, actualmente, sede de las Cortes de Aragón, sus muros acumulan más de mil años de historia.
La Aljafería es además una de las grandes joyas de la arquitectura islámica conservadas en España. Junto a la Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba, constituye uno de los testimonios fundamentales del esplendor de Al-Ándalus, aunque presenta una característica excepcional: es el principal gran edificio conservado de la arquitectura palatina de la época de las taifas.
Su historia comenzó antes incluso de la construcción del palacio. La Torre del Trovador, uno de los elementos más conocidos del conjunto, tiene su origen varios siglos atrás y terminaría dando nombre a una célebre obra romántica que inspiró posteriormente una de las óperas más famosas de Giuseppe Verdi, Il Trovatore.
En sus más de mil años de existencia, los muros del Castillo de la Aljafería han sido testigos de buena parte de la historia de Aragón. Por sus patios y salones todavía parece resonar el recuerdo de los reyes musulmanes, los monarcas de la Corona de Aragón, los Reyes Católicos, inquisidores, soldados, prisioneros y viajeros que pasaron por este extraordinario edificio.
La Aljafería se construyó en el siglo XI, un tiempo en el que Saraqosta, conocida como Medina Albaida, la ciudad blanca, era la capital de uno de los reinos de taifas musulmanes más poderosos de la península ibérica, cuyas fronteras llegaron a alcanzar el Mediterráneo.
Su importancia reside especialmente en que constituye el gran testimonio conservado de la arquitectura palatina islámica hispana correspondiente a la época de las taifas.
Reinaba entonces el monarca Abu Yafar Ahmad ibn Sulayman (Al-Muqtadir), un soberano interesado por diferentes disciplinas del conocimiento y, especialmente, apasionado de las matemáticas y la astronomía.

Del nombre de este monarca deriva precisamente la denominación actual del palacio: de Yafar surgió al-Yafariyya, posteriormente Aliafaria y finalmente Aljafería.
Sin embargo, en origen el conjunto fue conocido como “Qasr al-Surur” o “Palacio de la Alegría”.
No se trataba de una construcción situada dentro del entramado urbano de la Zaragoza musulmana. La residencia fue levantada como una quinta de recreo de los reyes de la taifa, fuera de la ciudad, en un entorno entonces dominado por huertas, campos y acequias.
La intención era crear un lugar que combinase residencia real, representación política, descanso y cultura.
La suntuosa Aljafería se convirtió en sede de la corte y sus dependencias acogieron un importante centro cultural e intelectual al que acudieron artistas y estudiosos procedentes de diferentes lugares de Al-Ándalus.
Por sus dependencias pasaron poetas, músicos, historiadores, científicos, místicos y filósofos.
La corte zaragozana desempeñó un papel destacado en la evolución de la filosofía andalusí. En este ambiente intelectual se desarrollaron corrientes que ayudaron a incorporar el pensamiento de Aristóteles a la filosofía árabe.
El proceso había comenzado en Oriente con figuras como Ibn Sina, conocido como Avicena, y alcanzó posteriormente un desarrollo propio en Zaragoza gracias al filósofo Ibn Bayya, Avempace.
La obra de Avempace ejercería una notable influencia sobre la filosofía hispanoárabe posterior, continuada por Ibn Rushd, Averroes, y también sobre la tradición intelectual hebrea representada por Moses ben Maimon, Maimónides.
La Aljafería era, por tanto, mucho más que una residencia del monarca. Era también una muestra del poder, refinamiento y riqueza cultural alcanzados por la Taifa de Zaragoza.

El Palacio de la Aljafería está considerado actualmente como una de las cimas del arte hispanomusulmán.
Desde el punto de vista arquitectónico, el conjunto tomó como referencia los palacios omeyas del desierto construidos varios siglos antes.
El edificio se encontraba protegido por una muralla de planta aproximadamente cuadrangular. En sus ángulos se disponían cuatro torreones circulares y en sus lados otros doce de traza ultrasemicircular.
De todos aquellos elementos defensivos, únicamente los situados en la zona oriental fueron reconstruidos posteriormente.

En el interior, un gran eje central en dirección norte-sur organizaba las dependencias residenciales del palacio taifal.
La arquitectura, los jardines, el agua y la decoración contribuían a crear un espacio pensado para impresionar a quienes acudían a la corte.
Entre los lugares más reconocibles de la Aljafería se encuentra el Patio de Santa Isabel, auténtico corazón del antiguo palacio islámico.
El espacio se organizaba como un gran patio abierto y ajardinado alrededor del cual se distribuían las principales dependencias palatinas.
El patio rectangular disponía de albercas en sus extremos, jardines y abundante vegetación, elementos que contribuían a crear un ambiente de tranquilidad y frescor.

Al igual que sucede en otros grandes conjuntos de tradición islámica, como la Alhambra, la arquitectura jugaba deliberadamente con el contraste entre espacios oscuros y luminosos.
Al patio se accedía atravesando zonas más estrechas y oscuras, de manera que la aparición repentina del jardín, la luz, la vegetación, las arquerías y el agua provocaba un efecto especialmente espectacular.
Las restauraciones contemporáneas intentaron recuperar parte de aquella imagen original y se dispuso una solería de placas de mármol alrededor del jardín de naranjos y azahar.
El nombre actual del patio recuerda a Isabel de Aragón y Sicilia, hija del rey Pedro III el Grande, que se convirtió en reina de Portugal tras su matrimonio con Dionisio I y que posteriormente fue venerada como santa por la Iglesia Católica.
Otro de los espacios fundamentales es el Mihrab, perteneciente a la pequeña mezquita u oratorio privado utilizado por el rey musulmán y su corte.
Se trata de una reducida estancia levantada en el siglo XI y orientada hacia La Meca.
Su acceso se realiza a través de una extraordinaria portada culminada por un arco de herradura que encuentra claras referencias en la Mezquita de Córdoba.
Sin embargo, incorpora innovaciones propias, como los salmeres en forma de S, una solución que posteriormente encontraría continuidad en el arte almorávide y nazarí.


El frontal del Mihrab se articula mediante un arco de herradura de tradición cordobesa, con una rosca formada por dovelas alternadas.
Algunas están decoradas con motivos vegetales en relieve y otras aparecen lisas, aunque originalmente también estuvieron enriquecidas con decoración pictórica.
Un alfiz enmarca el arco y, en las albanegas, aparecen dos rosetas gallonadas que encuentran correspondencia con la propia cúpula interior del Mihrab.
Con el paso de los siglos, este espacio perdió completamente su función original.
Fue convertido en polvorín y posteriormente utilizado como cocina.
Parte de la decoración pictórica del siglo XI pudo recuperarse gracias a los trabajos de restauración dirigidos por Francisco Íñiguez.
El Salón Dorado constituía uno de los espacios principales del palacio.
En sus extremos oriental y occidental existían dos aposentos que pudieron utilizarse como alcobas privadas de carácter regio.
La estancia situada en el lado occidental desapareció posteriormente. La otra siguió teniendo usos palatinos durante siglos y fue utilizada también por los reyes aragoneses hasta el siglo XIV.
Los techos, realizados mediante alfarjes de madera, reproducían simbólicamente el firmamento.
Toda la estancia estaba concebida como una representación del cosmos y del poder del soberano, que aparecía de este modo como heredero de la tradición califal.
En el Salón Dorado existía un arco ciego situado en el lugar reservado al monarca. Su decoración presentaba una trama geométrica inspirada en la celosía de la fachada del Mihrab de la Mezquita de Córdoba.
Desde el patio, la figura del rey aparecía parcialmente enmarcada por las sucesivas líneas de columnas de la arquería de acceso al salón y del pórtico inmediato.
Esta superposición creaba un extraordinario efecto de profundidad y una apariencia semejante a una celosía arquitectónica que contribuía a realzar la figura del soberano ante quienes acudían a su presencia.

Los suelos de las estancias reales eran de mármol y las paredes disponían de zócalos de alabastro.
Las habitaciones estaban además recorridas por bandas de decoración epigráfica en caracteres cúficos que reproducían diferentes suras coránicas relacionadas con el significado simbólico del conjunto.
Antes de que se levantara el palacio de Al-Muqtadir ya existía en este lugar la que actualmente conocemos como Torre del Trovador.
Es la construcción más antigua de la Aljafería y tradicionalmente se ha fechado su origen en torno al siglo IX, aunque su cronología ha sido objeto de diferentes interpretaciones.
Originalmente tuvo funciones defensivas y de vigilancia y posteriormente quedó integrada dentro del palacio islámico.
La torre es de planta cuadrangular y cinco pisos. En su construcción se empleó alabastro y otros materiales relacionados con estructuras anteriores existentes en la zona.
Parte de esta fábrica continúa siendo visible en la escalera de acceso y en algunos elementos del edificio.
La estructura original se ha relacionado también con restos de una construcción hidráulica tardorromana que comunicaba con el río Ebro.
Algunos autores han planteado igualmente su posible identificación con una torre citada en el Cantar de Roldán.

Entre los siglos IX y X la torre funcionó como estructura de vigilancia y baluarte defensivo.
También se ha transmitido la tradición de que estuvo rodeada por un foso en el que, durante determinados periodos, se mantuvieron leones y otros animales salvajes.
La pasión del monarca por la ciencia dejó también su huella en la historia de la Aljafería.
En torno a 1070, Al-Muqtadir ordenó instalar un observatorio astronómico en la terraza de la Torre del Trovador.
Según la tradición, el soberano pasaba largas horas acompañado por sus astrónomos estudiando el movimiento de los planetas, la posición de las estrellas y los diferentes fenómenos visibles en el firmamento.
Para el monarca, astronomía, filosofía y concepción religiosa del mundo estaban profundamente relacionadas.
Al-Muqtadir consideraba que el destino de los hombres y de las naciones podía encontrarse escrito en el cielo y que el conocimiento de los astros permitía acercarse a los secretos del universo.
El nombre con el que conocemos actualmente la torre no procede de época islámica.
Su denominación está relacionada con el drama romántico El Trovador, escrito por Antonio García Gutiérrez y estrenado en 1836.
La historia alcanzó posteriormente fama internacional cuando sirvió como base para el libreto de una de las óperas más conocidas de Giuseppe Verdi: Il Trovatore, estrenada en 1853.
De este modo, una de las estancias más antiguas de la Aljafería terminó vinculada de manera inesperada con la historia de la literatura romántica y de la ópera europea.
En 1118, Alfonso I el Batallador conquistó Zaragoza.
A partir de ese momento comenzó una nueva etapa para el edificio.
La antigua residencia de los reyes de la taifa fue adaptándose progresivamente a las necesidades de los monarcas cristianos y terminó convertida en palacio de los reyes de Aragón.
También se acondicionaron espacios de uso religioso cristiano.
El conjunto mantuvo buena parte de sus estructuras anteriores hasta el siglo XIV, cuando el rey Pedro IV el Ceremonioso llevó a cabo importantes reformas y ampliaciones.
En 1336 impulsó nuevas dependencias palaciegas que aumentaron los espacios disponibles para la corte.
A finales del siglo XIV, el rey Martín I el Humano mandó construir la iglesia de San Martín, posiblemente ocupando parte de espacios anteriores vinculados al palacio islámico.
Una de las razones de su construcción estuvo relacionada con la custodia del Santo Grial.
El Santo Cáliz fue trasladado, por voluntad del monarca, desde el monasterio de San Juan de la Peña hasta la Aljafería.
Tiempo después, durante el reinado de Alfonso V el Magnánimo, la reliquia fue trasladada a la Catedral de Valencia, donde continúa venerándose.

A finales del siglo XV, los Reyes Católicos emprendieron una de las mayores transformaciones de la Aljafería.
Ordenaron construir un nuevo y fastuoso palacio para uso real sobre el ala norte del antiguo recinto islámico, creando una segunda planta sobre parte de las estructuras preexistentes.
Las obras se desarrollaron fundamentalmente entre 1488 y 1495.
En ellas participaron diferentes maestros mudéjares dirigidos por Faraig de Gali.
Este maestro, junto a Mahoma Palacio y Brahem Muferrich, intervino en la realización del espléndido artesonado del Salón del Trono, contratado en abril de 1493.


El Salón del Trono de los Reyes Católicos constituye hoy uno de los espacios más espectaculares del recorrido por la Aljafería.
En esta gran estancia los monarcas recibían a destacadas personalidades del reino y atendían peticiones, quejas y asuntos relacionados con el gobierno.
También existe la tradición de que determinadas decisiones históricas pudieron debatirse entre estos muros, aunque algunas de estas atribuciones no pueden documentarse con certeza.
El elemento más espectacular es su extraordinario artesonado de madera.
El techo está formado por complejas retículas geométricas talladas, pintadas y sobredoradas con pan de oro.
Entre las molduras aparecen conocidos elementos heráldicos vinculados a los Reyes Católicos, como el yugo, las flechas y el nudo gordiano, acompañados del conocido lema «Tanto monta».
También aparecen los tradicionales dragones vinculados a la monarquía aragonesa.

«Tanto monta» es la abreviación de la expresión «tanto monta cortar como desatar» y fue utilizada como divisa personal de Fernando II de Aragón, Fernando el Católico.
El símbolo se relacionaba con el nudo gordiano y con la conocida leyenda de Alejandro Magno.
Según la tradición, quien consiguiese deshacer aquel complicado nudo lograría dominar Asia. Alejandro decidió resolver el problema cortándolo con su espada.
La frase expresaba así la idea de que, ante determinadas situaciones, resulta indiferente el procedimiento empleado si conduce al resultado perseguido.
Junto al Salón del Trono se sitúa la alcoba en la que nació en 1270 Isabel de Portugal, nieta de Jaime I el Conquistador.
La infanta aragonesa se convirtió posteriormente en reina de Portugal y, tras ser canonizada, su figura terminó dando nombre al conocido Patio de Santa Isabel.
En 1336, el rey Pedro IV el Ceremonioso adoptó un nuevo símbolo relacionado con la monarquía aragonesa: el dragón.
La elección se relacionó con la semejanza sonora entre «dragón» y «d’Aragón».
En las principales apariciones públicas, el monarca podía utilizar un gran casco coronado por la representación de un dragón con las alas desplegadas y las fauces abiertas.
Este emblema heráldico comenzó a emplearse también en diferentes símbolos relacionados con los territorios de la Corona.
Por este motivo, el dragón aparece vinculado a la bandera cuatribarrada y se encuentra también representado en algunas de las versiones históricas más antiguas del escudo de Aragón.

La Seo de Zaragoza era el escenario en el que se celebraba la coronación de los nuevos reyes de Aragón.
La Aljafería desempeñaba también un papel fundamental en aquellas solemnes jornadas.
La cabalgata real partía desde el palacio y recorría las calles Predicadores y Mayor camino de la catedral.
Las fachadas se engalanaban y la población recibía al monarca entre vítores y gritos de «Aragón, Aragón».
Tras la ceremonia de coronación, el soberano regresaba a la Aljafería montado sobre un caballo blanco, bajo palio y portando las insignias reales.
Lo acompañaban representantes de los diferentes estamentos y territorios de la Corona de Aragón.
Una vez de regreso en el palacio se celebraban grandes banquetes.
Las crónicas narran que, con motivo de la coronación de Pedro IV, las celebraciones se prolongaron durante tres días y llegaron a congregar a más de 2.000 personas alrededor de la mesa real.

La historia del palacio tiene también capítulos mucho más oscuros.
Cientos de turistas recorren hoy sus patios y habitaciones para contemplar su legado artístico, pero durante siglos muchos de quienes atravesaron sus puertas tuvieron un destino completamente diferente.
La Aljafería llegó a convertirse en sede del Tribunal de la Inquisición y prisión del Santo Oficio.
En 1486 el inquisidor Tomás de Torquemada llegó a Zaragoza y el tribunal religioso terminó instalándose en dependencias del palacio.
En determinadas estancias se habilitaron celdas destinadas a los prisioneros y espacios relacionados con los interrogatorios inquisitoriales.

La llegada de la Inquisición generó un intenso rechazo entre determinados sectores de la sociedad zaragozana y provocó una profunda preocupación entre los judíos conversos.
La implantación del tribunal llevó a numerosas personas a abandonar Zaragoza.
De aquella época se conserva una de las huellas más singulares del edificio.
Mientras algunas dependencias funcionaban como prisión, los reclusos grabaron diferentes dibujos e inscripciones sobre los muros.
Entre estos primitivos grafitis pueden observarse tableros, figuras humanas, edificios y otros motivos.
Algunos han llegado hasta nuestros días y constituyen un testimonio excepcional de las personas que estuvieron encerradas en el palacio.

Los relatos de diferentes viajeros permiten conocer también el recorrido que seguían algunos condenados.
Dependiendo de la pena impuesta, los procesados podían ser conducidos hasta La Seo para participar en determinados actos religiosos.
Cuando la condena terminaba en ejecución, el destino podía ser la plaza del Mercado, donde se encontraba el lugar conocido como el «brasero».
Otro de los episodios decisivos de la historia de la Aljafería tuvo lugar en 1591.
Antonio Pérez, antiguo secretario del rey Felipe II, fue trasladado desde una prisión vinculada al Justicia de Aragón hasta la cárcel de la Inquisición situada en la Aljafería.
La medida fue considerada por numerosos aragoneses como una vulneración de los fueros y de las instituciones propias del reino.
La situación desembocó en los acontecimientos conocidos como las Alteraciones de Aragón.
Las consecuencias fueron profundas.
Entre ellas se encontraron la ejecución del Justicia de Aragón, Juan de Lanuza, la persecución de diferentes implicados en la revuelta y posteriores modificaciones que limitaron algunas de las atribuciones forales.
Tras aquellos acontecimientos, entre 1592 y 1593 Felipe II decidió reforzar militarmente la Aljafería.
El proyecto fue encargado al ingeniero italiano Tiburcio Spannocchi, uno de los principales especialistas de su época en sistemas defensivos modernos.
La nueva fortificación debía responder a las necesidades de la guerra de finales del siglo XVI, marcada por la utilización creciente de artillería y armas de fuego.
Spannocchi transformó así el antiguo palacio en una auténtica fortaleza.
El conjunto quedó rodeado por una barrera en talud, baluartes pentagonales y un amplio foso, parte del cual continúa formando parte de la imagen actual de la Aljafería.

Con el paso de los siglos, los usos militares fueron ganando protagonismo.
Durante la Guerra de Sucesión de 1701-1714, la Aljafería fue utilizada por soldados franceses partidarios de la dinastía borbónica.
A partir del reinado de Fernando VI, el edificio pasó a desempeñar de manera estable funciones de cuartel militar.
Durante el último tercio del siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III, se levantaron nuevas construcciones destinadas al ejército.
Buena parte de estas estructuras todavía forman parte del sector occidental del conjunto y configuraron en el interior un gran patio de armas.
El edificio volvió a desempeñar un papel protagonista durante la Guerra de la Independencia.
El 24 de mayo de 1808, los zaragozanos se levantaron contra Napoleón y acudieron a reclamar armas al capitán general Jorge Juan Guillelmi.
Ante su negativa, fue detenido y conducido a la Aljafería.
Los insurgentes se apoderaron entonces del arsenal existente en el castillo: 25.000 fusiles y 65 piezas de artillería.
Durante la Guerra de la Independencia, la Aljafería tuvo diferentes funciones.
Fue fortaleza, arsenal y prisión.
Palafox llegó a trasladar hasta allí a parte de los franceses residentes en Zaragoza para protegerlos.
Posteriormente fue utilizada como prisión de españoles durante la ocupación napoleónica y, tras los cambios de poder, como prisión para soldados franceses.
En el Castillo de la Aljafería se firmó el 22 de febrero de 1809 la capitulación de Zaragoza ante el ejército francés después de los dos asedios.
Los defensores que todavía podían sostenerse en pie tuvieron que entregar posteriormente sus armas ante las tropas napoleónicas.

En 1862 la Aljafería dejó de pertenecer al Patrimonio Real y pasó a propiedad del desaparecido Ministerio de la Guerra.
A partir de entonces se plantearon diferentes proyectos para adaptar definitivamente el edificio a sus funciones militares.
Las reformas y compartimentaciones provocaron importantes alteraciones en estructuras históricas anteriores.


A mediados del siglo XIX el deterioro de algunas partes históricas era considerable.
Según las descripciones de Mariano Nougués Secall y Paulino Savirón, que visitaron la Aljafería en 1866, apenas permanecían visibles algunos elementos del antiguo palacio islámico.
Entre ellos se encontraban tres arcos del pórtico del testero sur, la arquería de acceso a la sala meridional, el oratorio o mezquita y la alhanía oriental del Salón Dorado.
La preocupación por la conservación del edificio comenzó a crecer durante el siglo XIX.
En abril de 1866 se constituyó la Comisión de Monumentos de Zaragoza.
Ante el riesgo de pérdida de algunas piezas, se ordenó trasladar diferentes restos artísticos al Museo de Zaragoza y al Museo Arqueológico Nacional de Madrid.
Entre aquellos elementos figuraban yeserías, capiteles y arcos cuya integridad se encontraba amenazada por las sucesivas transformaciones.

El reconocimiento oficial de su importancia patrimonial llegó el 4 de junio de 1931, cuando el Palacio de la Aljafería fue declarado Monumento Nacional de Interés Histórico-Artístico.
A lo largo del siglo XX se emprendieron numerosos trabajos destinados a recuperar los elementos históricos y artísticos del monumento.
En 1947 comenzó una etapa fundamental de restauración bajo la dirección de Francisco Íñiguez, con el impulso de instituciones aragonesas interesadas en preservar el monumento.
Las intervenciones permitieron recuperar numerosos espacios que durante siglos habían permanecido transformados, ocultos o muy deteriorados.

En 1979 el ingeniero jefe de Parques y Jardines Rafael Barnola realizó el proyecto de los jardines que rodean el palacio.
Posteriormente, en 1982, el propio Barnola junto a los arquitectos Francisco Íñiguez y Ángel Peropadre participaron en la recuperación del antiguo foso que rodeaba el edificio y que había quedado parcialmente oculto durante los siglos XVIII y XIX.
También se recuperaron el muro exterior que rodea el palacio y el puente que permite acceder a la entrada principal.
En 1983 se decidió instalar en el Palacio de la Aljafería el Parlamento Autónomo Aragonés.
Comenzaba así una nueva etapa en la historia del edificio.
Después de haber sido residencia de los reyes musulmanes, palacio de los monarcas de Aragón, sede de la Inquisición, fortaleza y cuartel, la Aljafería recuperaba nuevamente una función política e institucional.
Actualmente es la sede de las Cortes de Aragón.
La adaptación permitió compatibilizar el funcionamiento de una institución contemporánea con la conservación y visita de las partes históricas del monumento.

La Aljafería forma parte del extraordinario legado del arte mudéjar de Aragón.
En 2001, la Unesco amplió la declaración del Mudéjar de Aragón como Patrimonio Mundial, destacando el Palacio de la Aljafería como uno de los monumentos fundamentales para comprender esta tradición artística.
La presencia de diferentes etapas constructivas permite contemplar además cómo elementos procedentes de la cultura islámica fueron reinterpretados posteriormente por los monarcas cristianos y por maestros mudéjares.
Pocos edificios de Zaragoza condensan tantas etapas diferentes de la historia de la ciudad.
La Aljafería nació como residencia de recreo de un poderoso rey de la Taifa de Zaragoza, cuando Saraqosta era uno de los principales centros políticos y culturales de Al-Ándalus.
Tras la conquista cristiana se transformó en residencia de los reyes de Aragón y posteriormente acogió las dependencias construidas por los Reyes Católicos.
Sus salones fueron escenario de recepciones reales y ceremonias, mientras que desde sus puertas partieron las comitivas de los monarcas camino de sus coronaciones en La Seo.
Más tarde, sus dependencias conocieron una historia mucho más oscura como sede de la Inquisición y prisión.
Las Alteraciones de Aragón provocaron su transformación en fortaleza y los siglos posteriores consolidaron su utilización militar.
Durante los Sitios de Zaragoza desempeñó nuevamente funciones defensivas y fue escenario de algunos de los acontecimientos fundamentales de la Guerra de la Independencia en la ciudad.
Después llegaron décadas de deterioro y transformaciones antes de que el interés por recuperar su valor patrimonial permitiera iniciar una larga restauración.
Hoy, convertida en sede de las Cortes de Aragón, la Aljafería vuelve a desempeñar una función institucional sin haber perdido su condición de monumento.
El Patio de Santa Isabel, el Mihrab, el Salón Dorado, el Salón del Trono de los Reyes Católicos y la Torre del Trovador permiten realizar un recorrido extraordinario por más de mil años de arquitectura, arte e historia.
La Aljafería es, junto con la Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba, una de las grandes joyas arquitectónicas vinculadas al legado musulmán en España y uno de los monumentos imprescindibles para comprender la historia de Zaragoza y de Aragón.
Palacio de la Aljafería
Entrada: El acceso al Palacio de Aljafería cuesta 5 euros. Se pueden consultar tarifas y horarios y reservar online aquí pero debes pasar por taquilla en persona para abonar el importe.
Dirección: Calle de los Diputados, s/n. 50071 Zaragoza
Teléfono: 976 289 683
Correo electrónico: aljaferia@cortesaragon.es

