Uno de los mayores atractivos de Zaragoza radica en el hecho de que su casco antiguo aún conserva enclaves de antaño casi intactos a pesar del paso del tiempo, lo que nos permite poder deambular por sus calles, donde casi se puede revivir cómo era la ciudad de nuestros antepasados. Y si hay un enclave dotado de esta evocadora capacidad, es la antigua judería.

Sefarad es el nombre que emplean los judíos, desde la Edad Media, para referirse a la Península Ibérica. Su historia en España es larga y antigua, tanto que se remonta hasta tiempos romanos.

Siglo tras siglo, su presencia se fue configurando fecunda y arraigada hasta la llegada de dos nefastas fechas: 1391 cuando comienzan las revueltas antijudías y 1492 cuando son expulsados definitivamente de España.

El primer documento que confirma su presencia en la ciudad es del año 839, pero es probable que estuvieran establecidos en ella desde los primeros siglos de la era cristiana.

La Saraqosta musulmana, cabecera de la marca superior y luego capital de su propia taifa, alojó una de las comunidades judías más importantes del Al-Ándalus.

La aljama de Zaragoza fue la más grande del Aragón del medievo. Tenía la reputación de ser una ‘ciudad de sabios’ entre los judíos, pues en sus calles florecieron la artesanía, el comercio, la teología, la ciencia, la poesía, la filosofía, la cábala y además contaba con una escuela rabínica de gran renombre.

Durante los siglos X y XI destacaron figuras como Yoná Ibn Yanáh, médico y escritor; Yekutiel ben Isaac, poeta que llegó a alcanzar la dignidad de gran visir; su discípulo el poeta y filósofo Solomo Ibn Gabirol; el también poeta y filósofo Ibn Paquda; el médico y botánico Ibn Buqlaris; y el poeta Yehuda Halevi.

Zaragoza fue conquistada por el rey Alfonso I de Aragón en 1118. La capitulación de la ciudad no menciona a sus habitantes judíos y se supone que permanecieron en la ciudad ocupando el mismo barrio que ocupaban antes.

En 1175 se documenta por primera vez la aljama de los judíos en la Zaragoza cristiana. Judería es la denominación que se utiliza para referirse al conjunto de calles ocupadas por los judíos, es decir, al barrio, mientras que la comunidad recibe el nombre de aljama.

El barrio de los judíos estaba dentro del recinto urbano, pero quedaba aparte, aislado por un largo tramo del muro de piedra, siguiendo el Coso, y por un muro interior de ladrillo, desde la calle Don Jaime hasta la plaza de la Magdalena, que le incomunicaba del casco urbano.

Vista del Real Seminario de San Carlos Borromeo, cuya iglesia fue construida sobre el solar de la antigua sinagoga en el siglo XVI

Vista del Real Seminario de San Carlos Borromeo, cuya iglesia fue construida sobre el solar de la antigua sinagoga en el siglo XVI

Su población judía creció en el siglo XII como consecuencia del influjo de refugiados que huían del fundamentalismo almohade.

El reinado de Jaime I vio el acceso de judíos zaragozanos a algunos de los puestos más altos del reino, como Jahudá de la Cavallería que fue baile de Zaragoza y auditor de los otros bailes del reino. Otros linajes judíos importantes de Zaragoza fueron los Alazar y los Alconstantiní.

Los Baños Judíos (también llamados Baños del Rey) estaban situados justo enfrente de la fortaleza conocida como el Castillo de los Judíos, que hacía las funciones de Sinagoga Mayor, hospital, carnicería (en la que se despachaba carne casher), tribunal (los judíos de Zaragoza disponían de su propio tribunal o Bet Din) y cárcel, y cuyo solar ocupa ahora el Seminario de San Carlos.

De la antigua sinagoga solo se ha conservado una sala de planta ligeramente rectangular, organizada a modo de claustro, con cuatro tramos en las galerías cortas y cinco en las largas, abovedados con crucería sencilla, con diez columnas para separarlos del espacio central también rectangular y cubierto por bóveda esquifada.

Los baños aparecen ya mencionados en algunos escritos en 1266 y en 1291, como el sítio donde se bañaban los judíos zaragozanos según la antigua costumbre. Eran uno de los epicentros de la vida social de la judería de la ciudad.

La Zaragoza medieval contaba con dos barrios judíos.

A principios del siglo XIII la judería vieja ocupaba todo el cuadrante sudoriental del antiguo recinto romano, extendiéndose por el norte hasta la calle Mayor y la Magdalena, y llegando por el oeste hasta la calle Don Jaime. La zona estaba amurallada desde el Postigo de San Gil  (hoy plaza José Sinués) hasta el actual Seminario de San Carlos, en cuya cercanía se ubicaba el Póstigo del Rabinado, arco adornado con leyendas hebraicas y derribado en el año 1500.

A mediados del siglo XIII, debido al crecimiento secular de la comunidad, Jaime I permitió que los judíos se instalaran también en la zona contigua fuera de la muralla, en lo que se llamaría la judería nueva o de los callizos del Coso. La nueva judería se ubicaba entre el Coso y la calle San Miguel, probablemente en el lugar de las actuales calles Mateo Flandro, Hermanos Ibarra, Rufas, Urrea y Juan Porcell.

Gente paseando por la Calle Juan Porcell en el antiguo barrio judio de zaragoza

Gente paseando por la Calle Juan Porcell

La judería se comunicaba con la zona cristiana mediante seis puertas que se cerraban por la noche y durante la Semana Santa.

La vida dentro de la judería se regía por el calendario hebreo, siendo para ellos el sábado el día sagrado, y seguían las costumbres y leyes judías.

La judería contaba con al menos cinco sinagogas, hospitales y centros de beneficencia, centros de enseñanza, posadas, baños públicos y rituales, hornos para cocer el pan cenceño (mazot), carnicerías, tabernas para la venta de vino judiego y, fuera de la ciudad (en Miralbueno), un cementerio.

Las sinagogas eran el centro de la comunidad: la scola, lugar para las celebraciones, rituales religiosos, y también para las asambleas o juicios. De las cinco sinagogas que había originalmente en Zaragoza, no se conserva ninguna de ellas.

Cabe destacar la de Bicurholim, de la cofradía de visitar los enfermos, que se hallaba emplazada en la calle de los Torneros, hoy de la Verónica, muy cerca de la vivienda del rabino y gran filósofo Hasday Crescas.

La Sinagoga Mayor (situada dónde hoy se levanta el Seminario de San Carlos) era el edificio más importante de la judería. Estaba considerada una de las más antiguas de Europa.

Vista del Real Seminario de San Carlos Borromeo desde el Coso

Vista del Real Seminario de San Carlos Borromeo desde el Coso

Anexa a la Sinagoga Mayor, en la actual calle Santo Dominguito de Val, se encontraba la Casa del Talmud, el centro de enseñanza religiosa judía. Tras la expulsión de los judíos en 1492, la casa fue comprada por el notario Domingo Salabert, que tras derribar la escuela talmúdica inició la construcción de su palacio en el año 1500.

El Palacio Domingo Salabert (en la imagen) se construyó sobre la Casa del Talmud de la Judería de Zaragoza, el edificio de enseñanza religiosa judía anexo a la Sinagoga principal de la ciudad

El Palacio Domingo Salabert (en la imagen) se construyó sobre la Casa del Talmud de la Judería de Zaragoza, el edificio de enseñanza religiosa judía anexo a la Sinagoga principal de la ciudad (Imagen: Archivo del Ayuntamiento de Zaragoza)

La plaza de San Carlos era el epicentro de la cultura hebrea en Zaragoza y la zona donde los rabinos y las familias judías adineradas solían vivir.

La plaza de San Carlos era la zona donde los rabinos y las familias judías adineradas solían vivir

La plaza de San Carlos era la zona donde los rabinos y las familias judías adineradas solían vivir

La judería también creció como resultado la llegada de judíos franceses después de sucesivas expulsiones de los judíos de ese reino. Se calcula que en el año 1369 la población era de unos 1.500 vecinos, un buen número considerando que durante la peste negra fallecieron las 4/5 partes de la población.

Durante muchos siglos las comunidades judías y cristianas mantuvieron buena relación, poseyeron negocios conjuntos y los reyes aragoneses confiaban importantes cargos públicos a hebreos, tales como los de recaudador de impuestos o embajador.

Ya dio muestra de ello en los pactos de sumisión el propio conquistador Alfonso I en el año 1119 y desde esa fecha abundan documentos acreditativos de la benevolencia del rey aragonés para con la aljama: por una parte de forma interesada, pues siempre fue una comunidad muy útil a las finanzas del monarca; y por otra había un sentido democrático de la realeza, que se consideraba obligada a dispensar protección a todos los súbditos, con independencia de su credo religioso.

Sin embargo, tras una serie de fatídicos eventos, entre ellos la llegada de la peste negra, comenzaron a divulgarse calumnias, como que los judíos envenenaban el agua. En 1391, esta tensión acumulada terminó por estallar, desencadenando matanzas de judíos en diferentes puntos de España.

A partir de entonces ya no hubo recuperación posible de la judería zaragozana, ni de la convivencia entre los judíos supervivientes y cristianos. Todo esto acabó con su expulsión definitiva de España por parte de los Reyes Católicos en 1492. Se daba a los judíos un plazo de cuatro meses para abandonar sus domicilios y la península, pudiendo realizar sus fortunas en mercaderías y cambiables.

El decreto afectaba a un millar de personas, pues para entonces la judería Zaragozana había disminuido mucho, pero las incautaciones de inmuebles y la expulsión iban de paso a arruinar a muchos cristianos que tenían depositadas sus fortunas en negociantes de la judería.

El cronista Andrés Bernáldez, contemporáneo del suceso, escribió lo siguiente sobre la peregrinación de los judíos hacia el exilio:

“Iban con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros muriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había cristiano que no hobiese dolor de ellos. Los rabíes les iban esforzando e facían cantar a las mujeres y mancebos y tañer panderos y adulfos para alegrar a la gente”.

El grupo zaragozano se escindió: una parte, desde Tortosa, recaló en el norte de África, en especial en territorio argelino, allí aún siguen afincados los Nathan y los Benisti, oriundos de Zaragoza; los más, cruzaron todo el Mediterráneo y se establecieron en Salónica, ciudad de Macedonia bajo dominio turco entonces.

Allí surgió una colonia zaragozana con su sinagoga propia, la Meir Arama de los aragoneses: su rabino José Pardo era de Zaragoza, y en la aljama de los exiliados pronto surgió un barrio conocido por el de los saragosanos.

Desde entonces, el imaginario sobre Sefarad se convirtió en el recuerdo de un lugar donde hubo un renacimiento de la cultura judía, pero al que no podrían volver.

Los sefarditas de Salónica recuerdan aún hoy día en algunas de sus canciones su estirpe aragonesa, una dice:

“Mi padre era de Francia / mi madre de Aragón; se casaron, justo / para que nasca yo”.

Y otra pregunta:

“De quién eran esas armas / que auí vido yo?; Vuestras son hoy, mi rey / vuestras son, mi señor; que las trujo mi padre / de tierras de Aragón”.

Tras la expulsión de 1492 la toponimia de las calles de la judería fueron cambiadas y cristianizadas, y pasaron a llamarse con nombres de santos. San Jorge, Santo Dominguito de Val, San Jorge, la Verónica, Plaza de San Carlos, San Andrés, Plaza de San Pedro Nolasco o San Lorenzo son algunos ejemplos.

A pesar del saqueo y de que la judería fue ocupada y ocultada, a día de hoy, entre iglesias y calles dedicadas a santos, se puede adivinar el pasado de esta importante comunidad.

El emplazamiento donde se encuentra la antigua judería es un compendio de sinuosas y encantadoras calles situadas en el Casco Histórico, y en el que hay ciertas paradas obligatorias para entender mejor el entorno que nos rodea.

En las profundidades de los números 126-132 de la calle del Coso se ubicaban los antiguos baños rituales judíos -mikves- de la ciudad.

Las mikves no tenían nada que ver con las termas romanas o los hammams islámicos. No eran baños públicos y ni mucho menos eran un lugar de encuentro social, sino el recinto en el que se llevaban a cabo los baños de purificación que prescribe el judaísmo. Pequeños pozos construidos en el suelo en los que poder sumergirse por completo, y en los que el agua debía de tener siempre corriente y nunca podía estar estancada. Un ritual que simbolizaba un renacimiento, una renovación o un cambio de estatus.

Los Baños Judíos formaban parte del patrimonio real, por lo que era el rey de Aragón el que se beneficiaba directamente del pago exigido para utilizarlos.

Interior de los Baños Judíos de Zaragoza

Interior de los Baños Judíos de Zaragoza

Los números 126-132 de la calle Coso, donde se encuentran los Baños Judíos, en la actualidad

Los números 126-132 de la calle Coso, donde se encuentran los Baños Judíos, en la actualidad

De todo el conjunto de los baños, sólo se ha conservado una sala de planta rectangular, organizada a modo de claustro, con varios tramos de galerías, abovedados con crucería sencilla y columnas de alabastro. Actualmente no se pueden visitar.

Si entramos por San Vicente de Paúl y giramos a su derecha descubriráemos, a la altura de la calle Santo Dominguito de Val y antes de llegar a la plazuela de San Carlos, una discreta placa que designa una calle que no existe. Se trata de un rótulo original de mediados del siglo XIX, cuando la ciudad comenzaba a señalizar las vías urbanas. Su nombre: Calle de los Graneros.

Calle de los Graneros: el uso de una denominación procedente del mundo vegetal delata el origen judío de esta zona

Placa del siglo XIX de la Calle de los Graneros, último vestigio de una calle de la antigua judería que ya no existe

Es el último vestigio de nombres con embocadura de rincón arrabalero: plazuela de la Cebada, de la Leña, calle del Limón, del Olivo…, reflejo de una época donde las palabras aún guardaban parentesco con las cosas y por la que la historia pasó sin miramientos.

El uso de denominaciones procedentes del mundo vegetal delatan el origen judío de esta zona formada por calles linderas a ambos lados de la de la Yedra, actual San Vicente de Paúl.

En 1860 el Ayuntamiento adoptó la primera decisión de alargar la calle de la Yedra y conducirla hasta la ribera del Ebro. En 1905 el arquitecto Ricardo Magdalena firmaba un proyecto que, si bien no llegó a emprenderse, serviría de base para la remodelación definitiva.

En diciembre de 1933 el arquitecto municipal Miguel Ángel Navarro presentó un proyecto sobre las bases del firmado en 1905. Se aprobó finalmente en enero de 1934 y las obras se iniciaron en abril de 1936, tras la victoria del Frente Popular. Con el golpe de julio de ese año, el nuevo arquitecto municipal, Regino Borobio, amplió aún más la zona a expropiar. Por ello la destrucción más significativa se dio en la década de los años cuarenta.

Las obras se prolongaron hasta 1951 y permitieron conectar el Coso con el Paseo Echegaray y Caballero y la ribera del río Ebro, una reiterada aspiración de los arquitectos municipales de Zaragoza.

Calle de Garro durante la construccion de la Calle San Vicente de Paul

Derribo de la calle de Garro durante la construccion de San Vicente de Paúl, 1949 (Imagen: Archivo del Ayuntamiento de Zaragoza)

San Vicente de Paúl se llevó por delante más de 150 edificios -que ocupaban casi 30.000 metros cuadrados– y una veintena de callejuelas de la antigua judería.

El consistorio de los años cuarenta pretendió dar un aire historicista a San Vicente de Paúl y estableció a tal fin que las nuevas fachadas respondiesen a edificaciones de los siglos XVI y XVI. A diferencia de las calles de Alfonso I y Jaime I, con final en plaza del Pilar y Puente de Piedra respectivamente, la de San Vicente de Paúl conduce sin más a las riberas del río. Sus edificios son desproporcionados en relación a la anchura y un cambio de rasante la hace poco agraciada a la vista.

El paseante entra en esta calle para buscar apresurado una salida y lo hace precisamente por las vías transversales que aún guardan cierta memoria de aquella Zaragoza castiza, maltratada y de su desaparecida judería.

Al otro lado del Coso, las estrechas e intrincadas calles Mateo Flandro, Hermanos Ibarra, Rufas, Urrea y Juan Porcell todavía conservan algunos vestigios de su pasado judío. Aunque todos los edificios han desaparecido, lo más destacado de esta zona es la conservación del trazado urbano, sin apenas modificaciones en todos estos siglos.

Vista del Coso desde la Calle Mateo Flando en el barrio judio de zaragoza

Vista del Coso desde la Calle Mateo Flando

La Calle Urrea en el barrio judio de zaragoza

La Calle Urrea

No solo se mantiene el diseño de las calles, sino también la distribución de fachadas, que se corresponde todavía con la del medievo.

En la decoración del exterior de la Casa de los Morlanes se puede “leer” la historia del pueblo judío en tierras aragonesas hasta su expulsión en 1492.

El palacio fue levantado en 1555, unas décadas después de esta fatídica fecha, y parece que el arquitecto del palacio quiso recordar a quienes habitaron estas callejas durante siglos, a pesar de que ya todas se hubiesen “cristianizado” con nombres de santos y la sinagoga mayor se hubiese transformado en el Real Seminario de San Carlos.

Casa de los Morlanes

La historia del pueblo judío en tierras aragonesas en la decoración del exterior de la Casa de los Morlanes (Imagen: Willtron con licencia CC BY-SA 3.0)

Casa de los Morlanes

Relieve de la fachada de la Casa de los Morlanes (Imagen: Turol Jones con licencia CC BY 2.0)

Puede que parezca que esta Zaragoza judía es un lugar perteneciente al pasado, pero merece la pena rescatarla, conservarla y recordarla en memoria del esplendor material e inmaterial que alcanzó la ciudad durante esa época y por la incalculable herencia que nos dejaron para siempre en esta tierra, a pesar de ser expulsados de su querida Sefarad.